Zonas económicas especiales

En el  seno del Gobierno parece abrirse paso –con lentitud y con dificultades, pero ganando más espacio, en todo caso,  que en  los 15 últimos años– la idea de que es necesario promover las exportaciones no petroleras, y en particular las exportaciones no tradicionales; es decir, las que sin ser petroleras, tampoco son hierro, aluminio, café y cacao, aun cuando estas dos últimas sería bien bueno que fueran objeto de nuevos estímulos que las colocaran nuevamente en los espacios del comercio internacional contemporáneo. La vieja idea que es necesario dejar de depender en tan alta medida del petróleo para proveernos de divisas, parece volver lentamente por sus fueros.

En aras de cooperar con tan nobles intenciones, es necesario partir por recordar, que para tener una inserción internacional exitosa, es necesario tener políticas económicas expresamente encaminadas a ese objetivo, las cuales tienen que ser coherentes y globales; es decir, abarcar los diferentes aspectos que rodean la acción exportadora. También podría expresarse esa misma idea, diciendo que para promover las exportaciones, hay que hacer cosas diferentes a las que se hacían, cuando no se estaba interesado en aquello. Más claro aún: hay que hacer cambios. Así de simple.  

La otra cuestión general que es necesario tener en cuenta, es lo difícil ponerse a inventar en esta materia. Como la inmensa mayoría de los países serios del planeta Tierra, están interesados desde hace varias décadas en este asunto de promover sus exportaciones, hay muchas experiencias acumuladas –buenas y malas– y es importante aprender de todas ellas. No es posible ponerse nuevamente a inventar la rueda.

Una de las prácticas habituales en esta materia, es la constitución de zonas económicas especiales, que son espacios territoriales, que sin dejar de estar plenamente bajo la soberanía del país, se rigen por normas especiales en materia de exportaciones, importaciones, impuestos, aranceles  y manejo de divisas. En esos espacios es posible -como una de las formas que esas zonas pueden asumir- que las empresas allí establecidas puedan importar libremente los insumos y materias primas que estimen necesarias –sin pago de los aranceles e impuestos que se pagan, cuando se interna un producto al mercado nacional-  transformar y procesar esos bienes  para dar origen a productos nuevos, y exportar finalmente estos bienes al mercado internacional. En esa forma se promueve la inversión nacional o extranjera, se utiliza la mano de obra local, se incorporan materias primas y servicios locales a los nuevos productos exportados y se captan impuestos. Con todo esto es posible obtener ganancias netas para el Gobierno, para las empresas y para los trabajadores. Pero es necesario, dejar que esos espacios económicos especiales sean zonas donde impere un alto grado de libertad económica. Libertad para acceder a las divisas necesarias para importar; libertad para realizar con agilidad las importaciones desde los proveedores técnica y económicamente más confiables; libertad para convertir a moneda nacional, solo las  divisas que se necesiten para darle continuidad al negocio; libertad para realizar las contrataciones de insumos, servicios y mano de obra que se estimen necesarias;  libertad para disponer de las  divisas que se obtengan por concepto de exportación, para reeditar los procesos productivos; libertad para exportar rápidamente a los nuevos o viejos clientes que esas empresas tengan en el exterior. La palabra clave es libertad económica, aun cuando sea dentro de los estrechos límites de un muro que rodee la zona económica especial. Una zona económica especial llena de controles, permisos, autorizaciones, alcabalas y burocracia de todo tipo, es la negación misma del objetivo que se persigue.

Blog: sergio-arancibia.blogspot.com   

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