Canto III, un relato…

En aquella Galilea….
Apenas cuando se anunciaba la hora nona, el viejo José se acercó a la carpa del Rabí, con miles de incógnitas girando en su apretado espíritu:

– Maestro. ¿Puedo hablarte? -le preguntó luego de trasponer la vieja lona.

El Rabí lo miró en toda su extensión, con esos ojos de miel que acarician, pero que también inquieren con astucia. Después de la visita de Nicodemo, el viejo José había sopesado la oportunidad de hablar con Jesús. La brisa fresca de Galilea turbaba la paz de las carpas. El maestro le indicó donde sentarse. José, ansioso le espetó una docena de preguntas. Jesús sonreía, divertido por la buena naturaleza de aquel judío. Lo escuchó con la paciencia del amor retratado en ese rostro, que enmarcaba la castaña barba. Al fin, luego de dibujar una recua de camellos en la arena, le dijo con dulzura:

– José, aún las parábolas más maravillosas no logran explicar todos los misterios -y diciendo esto le apoyó una mano sobre el huesudo hombro– Eres un hombre justo, pero precisamente injusticia es la palabra reina de este mundo, será así por muchos años, tanta como gramos de agua hay en el Tiberíades, o granos de arena en el desierto. Esa injusticia será propagada, entre otros, por los que dirán amarme y servirme, así como por aquellos que me adversen.

Se mantuvieron en silencio un rato. En la dorada tarde, a lo lejos, se veía un rebaño de ovejas tramontando la cordillera, el joven pastor apuraba el paso entre los hirsutos matorrales, que lucían como un enano ejército. El callado le resultaba pesado. El sol comenzaba a broncear las piedras, cuando José con lágrimas corriendo por el gastado rostro, sobrecogido con lo que vendría, le dijo:

– ¿ Qué puedo hacer por ti, mi Señor, para que esta carga sea más ligera ?

La pregunta no era inesperada, pero Jesús lo vio con asombro, y la ternura y toda la tristeza de su corazón le fueron invadiendo como los cardúmenes de peces que entraban en la red de los pescadores. . Mucho meditó el Rabí la respuesta, tanto que cuando hubo ordenado sus dolidos pensamientos, la noche se había acostado como una despreocupada doncella al lado del campamento, incrustado como una perla en la sabana inmensa de aquel desierto.

– José, dale tus respetos al hombre, al cuerpo, a la carne que hay en mi. Mi Padre se ocupará del resto.

El anciano, José de Arimatea, apenas pudo hablar, la emoción del Altísimo estaba sobre él, como hacia años sobre Juan, en el río.

– No te aflijas – le dijo el Maestro al despedirse – la compasión, la paciencia y el amor nos habitan a todos en mayor o menor cuantía. En ti la humanidad me honrará como al verbo. Vence a la carne y empínate en el amor, ese es el reto.

El viejo José, no pudo dormir esa noche, aunque lo intentó de mil maneras. Las palabras del Rabí lo seguían como las estrellas al firmamento en esa alta noche de Galilea. Jerusalén dormía relajada. El reto ya estaba…..

En la isla de hoy…….

Al tomar la pluma y recordar el estómago clamando por alimentos José Asunción Ladera, poeta, curtidor, buhonero, labriego, taxista, guía, cortador de caña, espeta la amargura en la arrugada cuartilla:

CANTO III

Desgraciado el que rige, por no entender la necesidad,
por confundirla en su soberbia con prístina dignidad.

Desgraciado el que aísla, por no ver más allá
de la arrogancia que invalida los sueños.

Canto sin ganas, sitiado por la desdicha
maniatado por el hambre sin maná,
por la sed de los poderosos sepultureros.

Desgraciados mis hermanos, devorados en sus balsas.

Desagraciados nosotros, que todavía esperamos
que no sigue la sombra de la ira de los gigantes,
la fealdad sin tonos de la injusticia…

José Asunción detiene el poema, la inanición le tuerce las vísceras y lo escuece en la silleta. Un rayo de sol espejea en la página después de colarse por la abertura de una piedra. El cielo de Santiago es un mullido edredón que tapiza la ansiedad. Por entre los dientes apretados de José Asunción se cuela el lamento…

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