Cómo escoger y reciclar bombillas de bajo consumo

Alex Fernández Muerza –Las bombillas de bajo consumo son buenas para el medio ambiente y para los bolsillos. En los próximos años, sustituirán por ley a las que más energía gastan y, en el mercado, cada vez hay más variedad que pone en dudas a los consumidores.
¿Compacta fluorescente o de quemador halógeno? ¿CFL con bulbo o reflectora? ¿Qué vatios hay que elegir para conseguir la misma luminosidad que con las bombillas incandescentes de toda la vida? ¿Cómo se puede lograr que tengan la mayor duración posible? ¿Tienen materiales tóxicos? ¿Qué hay que hacer con ellas cuando se han fundido? Para aclarar estas cuestiones, conviene saber cuáles son los diferentes modelos y cómo reciclarlas cuando se acaba su vida útil.

Diferentes bombillas de bajo consumo

El uso de bombillas de bajo consumo será creciente en los próximos años por dos motivos básicos. Estos modelos necesitan menos energía y duran más tiempo que los convencionales, de manera que el medio ambiente y la economía de los consumidores lo agradecen. Basados en esta premisa, las instituciones han marcado un calendario progresivo de eliminación de los principales modelos de mayor consumo, que ha empezado en septiembre de 2009 y culminará en septiembre de 2016.

En el mercado se pueden encontrar dos tipos de luminarias ahorradoras: las lámparas compactas fluorescentes (CFL) y las de quemador halógeno. Las CFL se conocen de forma más genérica como de bajo consumo. En España, se utilizan unos 45 millones de unidades CFL, según datos de la Asociación Española de Fabricantes de Iluminación (Anfalum). Hasta abril de 2010 se puede conseguir una de estas bombillas de forma gratuita, gracias a una campaña del Ministerio de Industria (MICYT) y del Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía (IDAE).

Las CFL tienen el mismo principio de funcionamiento que los tubos fluorescentes, pero se fabrican con el equipo de encendido instalado. Gracias a ello, se las puede sustituir por las incandescentes, frente a las que tienen un rendimiento mucho mayor: para una misma potencia consumida, aportan de cinco a diez veces más flujo luminoso. Sus prestaciones han mejorado en los últimos años, pero todavía no han conseguido el brillo de las convencionales y su rapidez de encendido es algo menor.

Las bombillas de quemador halógeno ahorran menos que las CFL, pero con un mismo requerimiento de potencia que las incandescentes (se basan en su sistema) aportan un 30% más de flujo luminoso. Comparadas con las CFL, dan una luz más brillante y su encendido es inmediato.

Si la prioridad es la eficiencia energética, hay que elegir una CFL de clase A y con una vida en horas de funcionamiento lo más larga posible para rentabilizarla. Si la bombilla se va a ubicar en lugares que precisan rapidez de respuesta, un mejor tono y color de luz y un excelente resaltado de los colores, hay que decantarse por las halógenas ahorradoras. La estética es otro elemento que se valora: algunos tipos de bombillas pueden no encajar bien en su lugar de ubicación o desentonar con la luz y el entorno.

Futuro de las bombillas de bajo consumo

El desarrollo de las bombillas de bajo consumo en los próximos años irá por varios caminos, según Benito Rodríguez, vicepresidente de Anfalum. Por un lado, los fabricantes trabajan para ampliar la gama de las CFL y sustituir a las incandescentes con garantías, en especial en ambientes de interior, y para mejorar las posibilidades de las halógenas ahorradoras donde el tono de luz sea determinante.

Por otro lado, y con miras hacia el futuro inmediato, el LED (diodos luminiscentes) será determinante gracias a su menor consumo y mayor duración (unas 50.000 horas). En los últimos años se han mejorado de manera notable sus prestaciones y ya se las empieza a ver en algunos lugares, como los semáforos. Rodríguez critica que en algunas ocasiones no se las utiliza de manera adecuada.

Precios, intensidades y modelos variables

El mercado dispone en la actualidad de una gran variedad de modelos con características y precios muy diversos. El vicepresidente de Anfalum afirma que, frente a una lámpara incandescente, una halógena cuesta de dos a tres veces más y una fluorescente compacta, entre cinco y diez veces más. Las formas, potencias, tipos, niveles de calidad, etc. tienen una importancia determinante en el precio final. Como consejo general para lograr los mejores resultados, merece la pena decantarse por marcas conocidas, como Cegasa o Philips, tal y como señala un estudio comparativo de CONSUMER EROSKI.

La luminosidad es un elemento básico que se debe indicar en el envase de la bombilla. En el caso de las CFL, los fabricantes destacan los vatios (W) de potencia en comparación con una lámpara incandescente. Una CFL de 11-12 W daría una luz equivalente a una convencional de 60 W.

Sin embargo, estas cifras no son muy reales según diversos informes. La Comisión Europea recomienda dividir entre cuatro el número de vatios de una CFL con respecto a una incandescente. Si se quiere sustituir una convencional de 60 W, lo mejor sería elegir una CFL de 15 W.

El Lighting Research Center de Estados Unidos, una institución universitaria especializada en la investigación de la iluminación, es incluso más exigente. Sus responsables aseguran que lo más objetivo es dividir entre tres: una incandescente de 60 W tendría su equivalente en una CFL de 20 W. Para evitar esta confusión, se espera que la nueva normativa europea obligue a los fabricantes a que indiquen las equivalencias en lumens, una unidad de medida que señala la potencia luminosa percibida.

La vida útil de estas lámparas también oscila. Se estima que duran unas 10.000 horas, varias veces más que las incandescentes, pero en este caso también depende de la calidad, las marcas o el uso. Los ambientes húmedos y calurosos perjudican a las bombillas CFL: apagarlas y encenderlas cada 15 minutos disminuye en más de la mitad su duración prevista.

En cuanto a los modelos de CFL, han evolucionado y mejorado en los últimos años. Al principio solo daban una luz similar a las fluorescentes (blanco azulado), que no resultaba apropiada si se buscaba ambientes más cálidos. Pero ahora también hay unidades CFL con una luz más amarilla, e incluso de otros colores. Además, se fabrican diversos modelos que se ajustan a distintos tipos de necesidades:

· Con bulbo: simulan la apariencia de las bombillas incandescentes convencionales, así que son una buena opción si se quiere conservar la misma estética.
· Espiral: fueron de las primeras en salir al mercado y, por ello, son más frecuentes en distintos espacios, aunque resultan algo aparatosas.
· Globo: una buena elección para ambientes de interior, ya que, a pesar de sobresalir de la tulipa o de la pantalla de las lámparas, no desentonan.
· Lineal: su forma alargada es más adecuada para cocinas o lugares como garajes o patios.
· Reflectora: dirigen el haz luminoso, de manera que son idóneas para lámparas verticales y cuando se busca un tipo de iluminación incidental o hacia el techo.

Cómo reciclar las bombillas de bajo consumo

Las CFL, al igual que los tubos fluorescentes, tienen una mínima cantidad de mercurio, un material tóxico con un alto poder contaminante. Por ello, estas bombillas no se deben depositar en los contenedores normales, sino que se recogen y reciclan de manera aparte.

Los consumidores pueden entregar las unidades fundidas en los lugares de comercialización de estas bombillas. Los fabricantes cuentan en España desde 1995 con Sistemas Integrados de Gestión (SIG), como Ambilamp o Ecolum, que se encargan de recoger en contenedores las lámparas fuera de uso y trasladarlas a las plantas de tratamiento que se encargan de su desguace y recuperación de algunos de sus componentes. Otra posibilidad consiste en llevar las unidades estropeadas a los Puntos Limpios.

Los consumidores pueden entregar las unidades fundidas en los lugares de comercialización.
Este tratamiento especial influye en el precio, mayor que el de sus equivalentes tradicionales, según el vicepresidente de Anfalum. Rodríguez afirma también que la toxicidad de las bombillas de bajo consumo se ha tratado en ocasiones de manera alarmista: los termómetros antiguos tienen 600 veces más mercurio que una CFL. Además, la industria reduce de manera progresiva la cantidad de metales pesados presentes en estas lámparas.

Fuete: http://www.consumer.es/web/es/medio_ambiente/urbano/2010/03/22/191870.php?page=3

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