El 24 de noviembre de 1948

De la misma forma que la sombra sigue al cuerpo, el golpe de Estado del 24 de noviembre de 1948 es la proyección en el tiempo de lo perpetrado el 18 de octubre de 1945. Al derrocar a Medina Angarita, Presidente Constitucional de la República, se abrió un ciclo que no tuvo corchete cerrado; sino más bien puntos bien suspensivos y peligrosos. Entre octubre de 1945 y febrero de 1948 estuvo encabezando el Gobierno nacional una Junta cívico-militar, presidida por Rómulo Betancourt. Esta junta si bien materializó importantes avances en materia democrática como la elección directa, universal y secreta del Primer Mandatario, incurrió en manifiesto sectarismo. Paralelamente persiguió judicialmente a los adversarios políticos mediante procesos por peculado y malversación.

Durante este trienio el autodenominado partido del pueblo, Acción Democrática, creció organizativa y electoralmente, mientras que agrupaciones políticas como COPEI y URD realizaban una pugnaz, y no pocas veces canibalesca, oposición al Gobierno.

A estos factores se le añadió el hecho de la poca experticia política del eximio escritor Rómulo Gallegos, primer venezolano electo por el pueblo para la Presidencia. Durante el breve Gobierno de Gallegos, hubo un distanciamiento entre éste y el presidente saliente, Rómulo Betancourt. En las memorias que Carlos Andrés Pérez construyó (“Memorias proscritas”), a través de la pluma de los periodistas Roberto Giusti y Ramón Hernández, se da fe de estos impasses, los cuales llegaron a una partición de los dirigentes de AD alrededor de cada líder.

Como elemento catalizador del desenlace por el uso de las armas, estaba el estamento militar, liderado con sibilina astucia por el Mayor Marcos Pérez Jiménez. Los ultimátums y las presiones llovieron sobre el presidente Gallegos, quien no poseyó las virtudes políticas necesarias que la delicada coyuntura demandaban, precipitándose el golpe de mano al que se sumó el propio Ministro de la Defensa de Gallegos (y casi un hijo para él, por su relación de años en el exilio en Europa), Carlos Delgado Chalbaud. La suerte estaba echada en esa aciaga mesa que sostenía otra tragicomedia. En las sombras, un todavía apocado Pérez Jiménez aguardaba su momento, el cual llegaría un par de años después de la mano de balas disparadas en el patio de una quinta en Las Mercedes (Caracas), y bajo las que caería el Comandante Delgado Chalbaud. A partir de 1950, comienza una era de terror que solo terminará con la llegada de la Democracia, y de un Pacto en el que se enmendaban buena parte de los errores cometidos antes del 24 de noviembre de 1948.

La ceguera, la arrogancia, la necedad y los desplantes no son nada buenos en política. Generan atajos que causan infinidad de sufrimientos a las naciones.

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