El Chile del derrocado Salvador Allende

Lo de las grandes catástrofes geográficas está fresco en la mente de todo el mundo, pues a principios de este año el sur chileno se vio estremecido por uno de los terremotos más intensos, de toda la historia
conocida de la humanidad. Pero tras el miedo y la muerte de los primeros minutos, surgió la solidaridad y la entereza de millones de hombres que le pusieron el hombro, con sacrificio, a las tareas de la
reconstrucción. Y por si faltaran catástrofes, un derrumbe minero, que también entra dentro de las catástrofes geográficas, mantiene sepultados a 700 metros de profundidad, en medio del desierto chileno,
a 33 hombres que han dado al mundo una demostración inmensa de entereza, de coraje y de elevada moral.

Lo de las grandes catástrofes políticas, sin embargo, aparece más nublado y distante, ante los ojos del común de los mortales, sobre todo, en aquellos lugares como Venezuela, que tienen miles de kilómetros y varios países de por medio, que los separan del país sureño. Sin embargo, para todos aquellos que en este país han dado vuelta ya a la primera mitad de sus vidas, Chile no puede separase de la figura de
Allende y de la dictadura militar que siguió después de su muerte, acontecimientos estos donde se mezcla nuevamente, aun cuando en un orden distinto la entereza moral y la catástrofe política.

La historia./b> El 11 de Septiembre se cumplen 37 años desde aquella mañana en que el Presidente de Chile, Salvador Allende, en medio de un palacio presidencial en llamas, bombardeado por la aviación y cañoneado por los tanques, decide poner fin a su vida, antes que sufrir la ignominia de caer vivo en manos de sus atacantes. Se ponía fin así a los mil días de un proceso político inédito en el mundo, que pretendía dar grandes saltos adelante, en materia de igualdad y de justicia social, al mismo tiempo que mantenía y profundizaba una democracia política que había sido construida, milímetro a milímetro, precisamente por aquellos que sostenían y apoyaban al Presidente Allende.

Salvador Allende fue en Chile, un hombre que desde su juventud universitaria se vinculó activamente a las luchas sociales y políticas más justas y más nobles de su tiempo, de su país y del mundo. Fue
diputado, ministro de salud, senador por varios periodos y Presidente del Senado, antes de ser elegido como Presidente de la República. Sus banderas políticas, no podían ser indudablemente, siempre las mismas, sobre todo para un hombre que llena 50 años de la historia de su país, pero hay elementos doctrinarios que lo acompañaron durante toda su vida. Entre ellos, cabe mencionar dos que me parecen definitorios: en primer lugar, su identificación con los más pobres y desposeídos dentro de la estructura social chilena y la dedicación incansable a su organización social y partidaria, para que irrumpieran con voz propia dentro del sistema político nacional. En segundo lugar, su vocación democrática, que lo llevaba a visualizar las instituciones republicanas, como frutos de las luchas de los sectores populares – a
través de muchas décadas de duro batallar – y que había que respetar y sostener precisamente, como espacios donde podían y debían plantearse y defenderse, los derechos y las aspiraciones de la nación y de sus ciudadanos.

Ejemplo moral. Mucho se ha hablado en los últimos 37 años sobre el legado político de Allende. Esa confianza en el pueblo social y políticamente organizado – y movilizado tras las banderas de la mayor igualdad y la mayor justicia social – y esa confianza en la democracia política – con toda su estructura de instituciones y de derechos -, son indudablemente parte importante de ese legado. Pero el respeto nacional e internacional que se mantiene por él y que incluso se incrementa de año en año – y que prende con fuerza en sectores juveniles que no lo conocieron en vida – tiene su fundamento, además y por sobre todas las cosas, en la intachable consecuencia política y moral de Allende. Fue consecuente durante toda su vida, con esos principios doctrinarios, sin acomodarlos a las vicisitudes que atravesó durante 50 años de vida política. Fue capaz de hacer de esos principios, no sólo una guía
política, sino una guía para cada paso de su vida. Fue leal con su pueblo. Fue leal con la palabra empeñada. Fue capaz de morir por sus ideas. En momentos difíciles para la patria, fue capaz de encarnar en su acto heroico, toda la dignidad y el honor de la nación chilena, Fue y será por siempre un gigante moral, cuyo ejemplo sigue vivo, aun por sobre las catástrofes políticas que siguieron a su muerte.

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