El desafío económico de nuestros jóvenes

Se suele decir que el gobierno que no garantice el buen vivir social y económico de sus gobernados, no es un buen gobierno. Se escucha esto, pues con toda razón existe un parecer generalizado que los malos gobiernos enriquecen al jefe y sus allegados, mientras el pueblo en general empobrece. Ahora bien, si todo lo anterior es muy cierto, no menos lo es que, “bienestar colectivo” no debe partir de dádivas y subsidios alegres. Un país sanamente capitalista o socialista moderno -según sea el caso- basa su capacidad de “beneficiar” a su pueblo, en la fomentación de espacios para la creación de prosperidad económica.

Nuestros primeros conquistadores buscaron la riqueza, como es la regla, en la manera más fácil: el pillaje del oro en los indios, la pesca de las perlas y hasta la venta de los aborígenes como esclavos. Desde allí hasta nuestros días, todos los líderes han buscado lo mismo: encontrar riquezas. Todo lo cual explica el porqué no somos un mejor país en lo económico. Durante siglos no hemos avanzado casi nada en la búsqueda de la verdadera esencia de “progresar”. Hemos equivocado unas veces, postergado en otras, las decisiones, acciones y sobre todo no hemos aceptado las realidades de cómo avanzar económicamente como país.

Los jóvenes (cabe repetirlo una vez más y todas las que hagan falta), tienen una responsabilidad definitoria en los cambios necesitados para mejorar nuestra democracia. Su misión importantísima es la de completar el engranaje armonioso de las fuerzas productivas del país. De lo que se trata es que nuestros jóvenes (Y aquí reconozco mi responsabilidad contemporánea) asuman una “conciencia comercial e industrial”. Que se aventuren en nuevas posibilidades económicas, más creativas e innovadoras, más a tono con los exigentes días de hoy. Debo advertir que lo siguiente es mi opinión personal, que no soy economista ni empresario; por tanto quizás lo que sostengo es un poco desajustado a lo que considerarían los especialistas en la materia como lo ideal para ser aplicado. Sin embargo, es producto de mi reflexión de años, y cuando escribo este artículo es para decir lo que considero conveniente para mi país, sin ánimos de lesionar o contradecir otros criterios, pero tampoco puedo ocultar mis pareceres y opiniones.

Los jóvenes venezolanos en general, carecen de “conciencia industrial y comercial”. No hablo de vender CD, franelas o alquilar teléfonos, esos son sólo, a mi parecer, maneras de sobrevivir en estos tiempos de crisis. Pero ejercer compromisos de orden económico y productivo, es muy distante a ejecutar esas tareas. Caso contrario con la mayoría de los inmigrantes o hijos de ellos, que sí la tienen; de allí que capten la oportunidad de cada momento propicio para hacer un negocio: ahorran, buscan socios, hacen uso, si pueden, de los estímulos oficiales y, se lanzan a la creación de la industria liviana, pequeña inicialmente, pero productiva, camino natural de toda industrialización no dirigida.

Esta toma de conciencia “comercial e industrial” de los jóvenes, es una labor que debe adelantarse de manera conjunta entre gobierno y ciudadanía en general. El gobierno derivando las trabas y procesos burocráticos que desestimulan las inversiones y esfuerzos creativos de los nuevos actores. Se deben de eliminar los 20 ó 30 pasos administrativos y jurídicos que tiene que dar un emprendedor a lo largo de meses para conseguir la personería legal para el registro de su pequeña empresa. Así mismo, deberá delastrarse de sus torpezas y falta de voluntad política para propagar los incentivos necesarios que atraigan nuevos inversionistas. Por otro lado, deberán prestar apoyo crediticio y asesoría tecnológica que son muy valiosos. Y a su vez, los microempresarios tendrán que potenciar sus ideas y solidificarlas en creativos y productivos negocios, desarrollar sus operaciones legalmente, con un sano y solidario margen de ganancia, de manera responsable ante la nación y ellos mismos, e inclusive ampliando sus ramos comerciales. Liberar la creatividad productiva de los jóvenes de Venezuela es un imperativo de acción.

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