El Discurso Democrático en Venezuela (Parte 3 de 5)

-III-

Esta formación discursiva que he denominado petro racionalismo estatal ha operado a través de dos lógicas las cuales han orientado la dinámica interna de este dispositivo simbólico. En otras palabras, los intentos racionalistas por construir nuestra modernidad han sido atravesados, en distintos momentos históricos, por una de estas lógicas discursivas: la de la equivalencia y la de la diferencia (10).

Por ejemplo, ilustra la lógica discursiva de la equivalencia la concepción positivista de la modernidad que interpretaba nuestra historia en términos de una narrativa que giraba en torno al encuentro conflictivo y excluyente entre los pares «civilización» y «barbarie. En otras palabras, esta lógica definió las fronteras que dividieron el campo de lo político en dos polos mutuamente excluyentes. En este sentido el discurso racionalista, en esta versión positivista, estableció nexos connotativos entre diferente significantes (blanco, letrado, propietario, urbano, mantuano, europeo, católico) que tenían como finalidad producir un sólo significado: la negación del «otro», vale decir, el polo bárbaro (mestizo, llanero, negro, iletrado, pobre, campesino, trigueño, pueblo, etc.) de esta dicotomía. En otras palabras, lo que caracterizó esta coyuntura política fue la disputa por proporcionar significados al conjunto de significantes sobre los cuales se asentaba la identidad del polo civilizado y se excluían las determinaciones culturales asociadas al polo «bárbaro».

Tomemos por ejemplo la formulación política de un intelectual como Cecilio Acosta. Para este ilustre pensador mirandino, pueblo es la totalidad de los «buenos ciudadanos», vale decir, los que poseen propiedad o renta y por lo tanto tiene el derecho al sufragio. En este aspecto, Cecilio Acosta era coherente con el discurso racionalista de sesgo positivista. En el sentido que la posesión de propiedad era un indicio de racionalidad y, en consecuencia, garantía de interés por el orden. La materialidad institucional y política de esta postura racionalista se expresará en la república censitaria que permitirá la incorporación a la vida política únicamente a los propietarios y poseedores de rentas. Los «otros», quedarían excluidos de esta cadena de significación y su existencia sería definida en términos de una identidad negativa: el no pueblo.

(10) Véase: Laclau, E. Mouffe Ch. (1990) op. cit.

Pedro Manuel Arcaya, José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, Cesar Zumeta y otros elaboraron sistemáticamente una interpretación histórica y política que en muchos aspectos fue subsidiaria de esta dicotomía. En el marco de esta lógica adquiere sentido el papel «civilizador» que se atribuyó el gobierno del General Juan Vicente Gómez a lo largo de sus 27 años de mandato. Es decir, su gobierno expresaría el polo «civilizatorio» y la formulación y ejecución de sus políticas públicas apuntaban hacia la creación de una modernidad concebida como opuesta al «bárbaro» caos político que siguió a la guerra de independencia. Desde luego, este relato estuvo apuntalado en unos crecientes ingresos petroleros que permitieron aumentar los ingresos fiscales del Estado, crear un ejército nacional y fomentar la integración del territorio nacional 11.
Las fronteras políticas no son inamovibles. Las líneas que definen estos espacios pueden ser flexibles y, en cierto sentido, flotan a la espera que una nueva dinámica societaria proporcione la nueva demarcación. Esta indeterminación hace posible que nuevas demandas políticas pueden unificarse como un sujeto político que se opondría a un nuevo «otro». Un ejemplo histórico de esta circunstancia, lo encontramos en los eventos que marcan la distancia existente entre el fin del período del mandato de Juan Vicente Gómez y la firma del acuerdo político conocido bajo el nombre de Pacto de Punto Fijo.

La muerte de Juan Vicente Gómez acelera un conjunto de transformaciones políticas que conducirán hacia la definición de una nueva modernidad en el país. En el marco de esta circunstancia histórica, los significados que tradicionalmente estuvieron articulados a los significantes civilización- barbarie se modificaran y connotaran un nuevo sentido. Para expresarlo en las palabras de Mariano Pícón Salas se «…abre el camino del que fue un estado personalista al servicio de un clan bárbaro y con prescindencia de toda idea nacional, hacia un Estado moderno» 12. Es decir, el polo bárbaro de la ecuación lo pasará a ocupar el gomecismo y, las políticas diseñadas por los gobiernos post-gomecistas, les corresponderán expresar al polo civilizado de esta dicotomía; los mismos significantes, paulatinamente, comenzaran a connotar distintos significados. En otras palabras, los términos de la ecuación se invierte y discursivamente la historia del país se escinde en dos campos mutuamente excluyentes. Desde luego el establecimiento y consolidación de estas nuevas fronteras políticas fue un proceso paulatino que atravesó diversas etapas y momentos políticos como los expresados por los gobiernos de los Generales Eleazar López Contreras, Medina Angarita, los civiles Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos y, finalmente, el encabezado por el General Marcos Pérez Jiménez.

(11) «Véase: Coronil (19997), E The Magical State. Nature, money and modernity in Venezuela. The University oí Chicago Press.

(12) Citado por Dávila R. (1996) Venezuela: La Formación de las Identidades Políticas. Universidad de los Andes. Consejo de Publicaciones. Mérida. Venezuela. p. 257.

Vamos a detenernos brevemente en la consideración teórica sobre el concepto de antagonismo social. Abordarlo es fundamental para la comprensión de la dimensión discursiva de estos cambios políticos. El conflicto implica una relación entre dos extremos mutuamente excluyentes y se expresa en el ámbito político a través de la distinción amigo-enemigo Esta cualidad es consustancial con la lógica de la equivalencia y supone la delimitación de fronteras políticas que faciliten la construcción de identidades mutuamente excluyentes. En este sentido, el antagonismo se construye discursivamente en la medida en que las determinaciones positivas de la fuerza antagonizante pasan a ser organizadas como sistema de equivalencia cuya única significación sería la negación de la fuerza antagonizada.
En Venezuela, históricamente los términos constitutivos de esta contradicción han sido ocupados indistintamente por los pares civilización/ barbarie, pueblo/oligarquía, democracia/autoritarismo, chavista/escuálido. Estos significantes han marcado las fronteras políticas que diferenciaban y condensaban un «nosotros» (civilización, pueblo, democracia, modernidad, chavismo) en oposición a un «ellos» (barbarie, oligarquía, autoritarismo, tradicionalidad, escuálido).

Igualmente, definían los campos en los cuales se ubicaba esta distinción amigo-enemigo. Bueno es resaltar, que esta lógica, a mi juicio cuenta para explicar las dificultades que ha confrontado históricamente el país, en el proceso para consolidar una democracia de corte liberal.

Retomemos brevemente la dimensión historiográfica. El golpe de Estado en 1945 contra el General Medina Angarita implicó la definición de nuevas fronteras políticas. Durante el llamado «trienio adeco» (19451948) se implementó una nueva ingeniería política que se asentó sobre dos grandes vectores que proporcionaran contenido sustantivo y direccionalidad a esta nueva modernidad que se iniciaba en el país. Estas dos grandes fuerzas fueron la implantación del sufragio universal y la voluntad del Estado de «sembrar el petróleo». Veamos.

El 18 de Octubre de 1945 una unión cívico militar toma el control del Estado venezolano. En 1946 se elige por voto universal un nuevo Congreso Nacional y se redacta una nueva Constitución y ley Electoral. La nueva Constitución, concedió el sufragio a todos los ciudadanos mayores de 18 años sin restricciones de ningún orden. El 14 de Diciembre de 1947, con 75% de los votos, fue electo presidente Rómulo Gallegos.

En este lapso el partido Acción Democrática desarrolló una política de expansión del gasto público asociada a un férreo control partidista de las organizaciones populares. Esta política «asistencialista» se expresó en un conjunto de medidas entre las que vale destacar: indicalización, incrementos salariales, programas de salud pública, diversificación de la economía, reforma educativa; todas ellas destinadas a organizar y transformar racionalmente al «pueblo» como la vertiente opuesta al polo oligárquico. En el marco de esta lógica, la lucha política adquirió un carácter agónico y su dinámica se expresó a través de la distinción amigoenemigo.

Estas propuestas «racionales», serán modificadas en su forma durante el período de gobierno del General Marcos Pérez Jiménez (1950-58). La naturaleza constituirá el sujeto de este nuevo relato político y la modernidad será concebida en términos de la transformación racional del medio físico. La expresión programática de estas dos ideas «claves» estará contenida en lo que se denominó el Nuevo Ideario Nacional. En este lapso se modificaran los términos que proporcionaban contenido y direccionalidad a los antagonismos políticos presentes en el período anterior. La contradicción, en torno a la cual se organizará el espacio político será, ahora, aquella que opondrá por un lado, el nuevo bloque de poder (los militares y civiles que forman gobierno bajo el liderazgo del General Marcos Pérez Jiménez) y, por el otro, el pueblo representado por los partidos políticos, en especial, Acción Democrática. Esta nueva versión del relato racionalista se expresará a través de dos temas básicos. Por un lado, la necesidad de modificar la idiosincrasia del pueblo para que pueda desenvolverse en el campo de esta nueva versión de la modernidad y, por el otro, la transformación del medio físico como clave para acelerar esta modificación de la «Constitución Efectiva» del venezolano Retomemos el hilo teórico. Como hemos visto, la lógica de la equivalencia implica la escisión de un conjunto de singularidades (sexuales, étnicas, culturales, religiosas, regionales, lingüísticas etc.) en polaridades y la conformación de fronteras políticas entre ellas. Me pare apropiado afirmar que esta lógica organizo el espacio de lo político en Venezuela desde mediado del Siglo XIX hasta el inicio de la segunda mitad del XX. En otras palabras lo sustantivo, vale decir, la polarización discursiva en extremos opuestos y excluyentes, fue lo recurrente a lo largo de este período histórico.

Exploremos algunas de las circunstancias sociograficas que soportan esta organización discursiva del campo de la política. Una primera observación apuntaría a señalar la debilidad crónica de la sociedad civil y, en consecuencia, la presencia protuberante del petro Estado en Venezuela a lo largo de este periplo histórico. Detengámonos brevemente y posemos la mirada en el contorno teórico de este concepto. En líneas generales, este término intenta designar una esfera de instituciones autónomas protegidas por el estado de derecho, dentro de la cual
individuos y comunidades que poseen valores y credos divergentes pueden convivir en paz. Con prescindencia de sus diversas expresiones históricas, la sociedad civil podría ser concebida antropológicamente, como el espacio donde concepciones valorativas plurales e inconmensurables se expresan y hacen inviable principios políticos de vocación autoritaria. Visto en estos términos, la existencia y florecimiento de esta pluralidad cultural no es compatible con un espacio político organizado en términos de polaridades antagónicas y excluyentes. Es por esta razón que estas versiones racionalistas de nuestra modernidad no fueron capaces de procesar las particularidades culturales o mundo «de los apegos primordiales», antes por el contrario, el «tránsito» hacia esta condición implicó el intento de disolución de nuestra especificidad cultural en el altar de este universalismo limitado En razón a lo anteriormente expuesto, y a manera de conclusión, podemos señalar que el relato político organizado en torno a esta lógica fue refractario al concepto liberal del individualismo y comulgó con facilidad con códigos culturales de corte autoritarios. Esta circunstancia discursiva no fue exclusiva de Venezuela. Fulgencio Batista en Cuba, Rojas Pinilla en Colombia, Odria en Perú, Perón en Argentina, los Somoza en Nicaragua, «Chapita» Trujillo en República Dominicana, Strossner en Paraguay constituyeron expresiones empíricas de este autoritarismo de corte racionalista. En otras palabras, la estructuración discursiva de la política en términos de esta lógica por un lado, inhibió el crecimiento plural y heterogéneo de la organización civil de la sociedad y, por el otro, obstaculizó la construcción discursiva del individuo, en sus distintas facetas de ciudadano, como el sujeto protagónico de la acción política.

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(*) Universidad de Carabobo,
Centro de Estudios de las Américas
y el Caribe (CELAC)

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