El verdadero Samuel… (Al Dr. Prieto Figueroa, in memoriam)

Ese anciano que, en 1854 muere entre penurias, en el rústico pueblo de Amotape en Perú, ese que fabricaba velas para vivir en su etapa final, probablemente haya sido, junto a Don Andrés Bello, uno de los más grandes intelectuales del siglo XIX en Latinoamérica. Simón Rodríguez, o como quiso darse conocer (como parte de su desenfadada y bohemia manera de ser, la cual aparejaba con armonía a la reflexión y al arrojo), Samuel Robinson, fue un hombre notablemente extraordinario. Un ser humano, que soñó con un hombre mejor. Ahora que tanto se habla de educación, se hace apremiante revisar la historia de este sencillo venezolano (nacido en Caracas un 28 de Octubre de 1769), y constatar sus enseñanzas.

Lo primordial de su obra (y aquello, por lo que se le recuerda con proverbial admiración), fue dar forma, robustez y sentido a la existencia de otra personalidad fundamental de Venezuela y el mundo: Bolívar, El Libertador. Nutrió, a pedido del abuelo del héroe, su mente, con las ideas más avanzadas de la época (Montesquieu, Rosseau, Voltaire, Diderot), esas que no se tenían a la mano, en estas abandonadas provincias de ultramar. Las que retumbaban, con sonora libertad en la lejana Europa. Pudo verter, en el espíritu de la naciente figura, lo novedoso, lo progresista, lo justo, (materia prima para que el genio de América, llevara a cabo la magistral obra de la Libertad). Trabajo, que reforzó con suma dedicación a partir de 1804, cuando en un periplo por los Alpes, llegan a Roma, luego de haber presenciado, con no poca molestia, la autocoronación de Bonaparte.

El otro gran aporte de Rodríguez a la posteridad, fueron sus ideas educativas, destinadas a crear un ser con conciencia, con criterio, con amplitud de miras y de horizontes, con visión, con tolerancia, con la dignidad que merece su condición (pues como afirma Fernando Savater, es con la educación, con la que nos ganamos el derecho a ser realmente humanos) y naturaleza. Prefería su proyecto (para contrastar directamente con la realidad y fijar conocimientos) salir del aula, a efectuar excursiones y caminatas de contacto directo con la naturaleza, pero sobre todo preconizaba (y ello es resaltado, en forma por demás admirable, en la novela que Uslar Pietri le dedicó, “La Isla de
Robinsón”), la necesidad de educar al niño, combatiendo las ideas absurdas y sin sentido racional de sus antepasados, sólo así decía Samuel, podrían formarse ciudadanos para las ciudades de América.

Simón Rodríguez, comprendió como pocos, el drama de estas naciones, nacidas del desorden de la guerra y huérfanas de instituciones serias, válidas, funcionales y quiso enderezar, desde la raíz el árbol de la miseria de estas regiones. Sólo que aró en el mar, y las consecuencias no tardaron en manifestarse con brutal crudeza, en la forma de las más espantosas barbaries, anarquías, iniquidades, seguidas de salvadores iluminados que, torcían aún más el rumbo de las naciones, para volver luego a las barbaries, y así recomenzar el tétrico ciclo de los países anémicos de ciudadanía, de respeto real a las instituciones, leyes y al derecho de los demás.

¿Cuándo retomaremos para nuestras naciones, el verdadero modelo educativo de ese andariego sabio que fue Simón Rodríguez, de forma de apalancar un futuro de progreso, armonía, civilidad y respeto mutuo? Sin lugar a dudas, cuando tal cosa hagamos, se encenderá para alumbrarnos ese camino, la reflexiva vela que fabricó Samuel en ese remoto pueblo de Perú.

Dirección-E: jamedina11@gmail.com

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