El Viaje de Lucía

Lucía, vio como se disipaba la ingenuidad cuando los primeros avances de una terca tristeza, comenzaron a instalarse en sus ojos de lluvia. Ya las redes de estrellas no lograban retener sus sueños de niña y una fría estela de congoja le arropaba los pies en las anchas noches de vigilia. Son las tres de la tarde y por decreto Lucía debe acostarse hasta el alba. Su padre trajo a cuestas el alcohol, su ronquido recorre chorreante por el hueco caserón, arrastrándose por el rodapié, asustando a las chiripas que huyen con gracia frenética por las losas frías. Hace tres años que una inesperada viudez se había encargado de maniatarlos contra la vida, y sólo una desvencijada bodega los mantenía unidos, con el lazo corredizo del pasado familiar. También, los mantenía atados con un delgado hilo a la vida del pueblo. Desde ese entonces, pocos son los momentos de dicha para Lucía. La playa que ve resbalar desde la cuesta, el circo que viene a espantar el marasmo del pueblo, barnizando el pegajoso tedio con la magia de sus hirsutos colores. Lucía lo observa todo a través del cristal de los envases de caramelos. Tal vez sean estos los motivos que la animan a diario a remendar las redes, a exorcizar, paciente, a los demonios de la calamidad que con enconado afán la circundan. Cuando Lucía se cree atenazada por el miedo y el desaliento, echa mano de un tierno recurso: una breve y cálida cajita. En ella guarda tres conchas de mar, un rumoroso caracol, un rayito de sol que atrapó una inspirada mañana y una arcillosa foto de mujer que, la mira con la placidez de la brisa. Es en esos momentos, cuando Lucía recobra la extraviada entereza y suma fuerzas para reemprender, esperanzada, su viaje.

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