El Fondo Monetario Internacional, FMI, ha hecho público su pronóstico o su proyección  en el sentido de que Venezuela se acerca peligrosamente a una hiperinflación que podría  llegar el próximo año a niveles superiores al 2.000 %. No tenemos idea de cómo llega el FMI a ese cifra, y nos gustaría mucho que estuviera equivocado, pero está dentro del campo de lo posible el que esa situación resulte cierta.

Venezuela exhibe una inflación que en el año recién pasado fue, oficialmente, de 180 %, aun cuando una buena parte del país tiene la sensación y la creencia de que la cifra real fue mucho mayor. Como no hay ningún tipo de rectificación económica, como no hay autocrítica alguna, como se sigue haciendo exactamente lo mismo, como el déficit fiscal no se hace nada por corregirlo, como la emisión monetaria sigue su curso, como no hay ninguna política antiinflacionaria que se conozca y cómo se sigue  pensando que la causa de la inflación es la publicación de una cierta página web internacional, entonces lo más probable es que en este año la inflación siga aumentando. Más aun, cuando la inflación  supera ciertos umbrales – iguales o superiores al 20 % mensual- se convierte en una bola de nieve, que aumenta en términos exponenciales. Hay países de nuestra América que no creían que ese tipo de situación les pudiera pasar a ellos, tales como Brasil, Argentina, Perú, Bolivia e incluso Ecuador, y sin embargo les pasó a todos y cada uno de ellos en algún momento de su historia en las últimas décadas del siglo pasado.  

La experiencia ajena enseña algunas cosas. Primero, enseña que el control de precios no sirve para frenar una inflación que ya supera el 200%. Llenar de controles la economía solo sirve para desgastar y desprestigiar al aparato del Estado y para demostrar su inutilidad. Cuando los demandantes están dispuestos a pagar lo que sea por una determinada mercancía, el Estado, con su ejército de vigilantes y controladores, no podrá impedir que terminen comprándola al precio que  sea, a menos que el propio Gobierno esté en condiciones de ofertarla a precios menores y en las cantidades necesarias. También puede decirse que cuando el público quiere deshacerse de su dinero, pues este pierde valor minuto a minuto, comprará cualquier cosa, a cualquier precio, pues las mercancías conservan más su valor que el papel moneda. La idea simplona de que controlando todos los precios, de todas las mercancías, dentro de una economía, se va poder reducir la inflación a cero, es de una ingenuidad superlativa.

También es una ilusión infantil el suponer que ocultando las cifras mensuales o trimestrales de inflación el problema desaparece, pues deja de ser visible por la opinión pública y por el mundo empresarial. Este punto de vista –que podríamos identificar como la actitud de avestruz- no toma en cuenta que la inflación se hace entera y dramáticamente visible cada vez que los consumidores van al mercado a comprar bienes o servicios. Se trata de un fenómeno imposible de ocultar. Incluso se podría  pensar que el intentar ocultarlo no hace sino potenciarlo más aún,  pues la magnitud de la inflación queda librada a la especulación colectiva, que tiende a ser más dada a  sobredimensionar el peso de estos fenómenos que a reducirlos.

 Tercero, la experiencia internacional enseña que el control cambiario – en una situación de aguda carencia de divisas  – no ayuda a impedir el crecimiento de los precios. Tener un dólar barato no sirve para frenar la inflación, pero sirve para discriminar entre los diferentes demandantes de divisas y para generar todo tipo de negociados en torno al proceso importador.

En cuarto lugar, parece haber consenso en que el no hacer nada, el dejar que el mercado se ajuste solo – tal como piensan los más ortodoxos de los neoliberales – tampoco conduce a solucionar el problema inflacionario. Si no se hace nada, es decir, si se mantiene la inercia monetaria y fiscal o,  en otras palabras, si se  carece de una política antiinflacionaria seria y creíble-  la inflación crece y se multiplica.

Y cuando ya estemos en medio de la hiperinflación- si es que todo sigue igual, tanto en la composición del  Gobierno como en las políticas que éste lleva adelante – entonces ya nada funcionará. Con hiperinflación los precios de los bienes y servicios, así como el poder adquisitivo de los salarios, no tienen  validez sino durante algunas horas, o incluso menos. Los precios relativos en el mercado dejan de funcionar como mecanismo de asignación de factores. El dinero, como unidad de cuenta en la economía, pierde toda su significación. Es imposible hacer ningún tipo de cálculo económico. Conceptos tales como la eficiencia o la racionalidad económica pierden todo sentido. Lo único que impera es el deseo de cada uno de los agentes económicos y sociales de sobrevivir como sea. Parte de esos fenómenos ya se insinúan en la economía venezolana, aun cuando todavía no se muestran en todo su apogeo.

Cuando llegue la hiperinflación – si  todo sigue igual que ahora – habrá que pensar en dolarizar la economía, como hizo Ecuador, o en cambiar la moneda como se hizo en Brasil. o en planes de ajuste que tendrán  costes elevados para toda la población, como se hizo en Argentina o en Bolivia. Cuando la hiperinflación todavía no se desarrolla plenamente los costos de detenerla son menores. Cuando ya está en pleno desarrollo hay que partir por recoger los vidrios rotos, como corresponde en situaciones de crisis mal diagnosticadas y peor administradas.

 

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