La muerte, esa dama que nos acecha…

Vivir con dignidad, lo hemos escuchado muchas veces. Pero morir con dignidad ¿Lo habrán escuchado?. Cuando en mis años mozos de psiquiatra, se me ocurrió la idea de tratar pacientes terminales, es decir, pacientes que tenían diagnóstico de enfermedades que le iban a producir la muerte, descubrí el verdadero contenido de esa expresión “morir con dignidad”. Cuánto valor. Hablar de la muerte, de su propia muerte, sin miedo “doctor, yo no tengo miedo a morir, me preocupa dejarlo a él solo”, “no va a saber que hacer” ¡Qué nobleza! Qué dignidad (hijo, esposo, hija, esposa). Vivencias invalorables que curtieron mi sensibilidad clínica.

En esos tiempos siempre me pregunté: ¿Qué era la muerte? Para muchos es difícil hablar de ella, sin embargo, en esos pacientes aceptándola, se referían a cómo si mañana “nos ponemos de acuerdo para trotar”.

Obviamente, existían cuadros clínicos repletos de pánico. Tengo excelente recuerdo de esos pacientes, unos maquillados de alegría, otros lloraban, se pendían de ti como una esperanza de que un milagro ocurriera, porque mañana no te iban a ver. Hoy recordándolos, me vienen a la mente algunas reflexiones.

El hombre tiene básicamente dos miedos inconscientes: Miedo a la muerte y miedo a volverse loco (muerte en vida). Hablar de la muerte puede convertirse como en una forma de aproximación indirecta. Sin duda, que mucha gente siente que hablar de ella equivale a evocarla mentalmente, a acercarla, de tal forma, que haya que enfrentarse a la inevitabilidad del propio fallecimiento.

La dificultad de discutir la muerte es complicada. Porque todas las palabras y lenguaje alguno, que el hombre ha inventado, lo ha hecho en base de su propia experiencia física, mental y sensorial. La muerte es algo que va más allá de la experiencia consciente de la gran mayoría de nosotros, pues nunca hemos pasado por ella. Existen culturas donde la muerte se ve como un premio; pero en otras, no somos capaces de aceptar realmente la probabilidad de nuestra propia muerte. Nos da temor, y en muchas ocasiones, ese temor nos impide adaptarnos a la realidad de la existencia. Cuántas veces he intentado transmitir la importancia de la brevedad de la vida, del desperdicio del tiempo. Algunos terminan en el autoengaño o en un consultorio, o en una fármaco-dependencia.

Rechazamos todas esas terribles ideas que nos dan pánico, nos anestesiamos sea cual sea el medio. Pero, sin embargo, en nuestras mentes palpitan todo tipo de preguntas: ¿La muerte es el final de todo? O, por el contrario, ¿es el comienzo de una nueva experiencia del Yo? Al morir, ¿volvemos al lugar de donde hemos venido? ¿Es la vida después de todo, un breve intermedio entre dos estados superiores de conciencia? Estas preguntas, muchas filosóficas y teológicas, han tratado de explicarlas, pero sin resultado satisfactorio. En historia de las religiones, las explicaciones no terrenales se conocen como “expectativas escatológicas”, vale decir, todos aquellos planteamientos que carecen de respuesta terrenal y que tienen de común un cierto tipo de esperanza en el más allá… pero entonces después de la muerte ¿QUÉ? Un miedoso…

PD: Primera vez que rechazo una dama… deme un poco más de tiempo.

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