La nueva universidad necesita destruir fronteras

«Afortunado es el hombre que
tiene tiempo para esperar.»
Calderón de la Barca

Las universidades venezolanas que es nuestro caso deben actualizarse, interpretar con otra visión su participación en los escenarios no solamente nacional, sino internacional, aprovechando las oportunidades que se le dan, utilizando adecuadamente el talento humano con que se cuenta, las aportaciones que la sociedad del conocimiento proporciona, el Internet, a fin de cumplir con su misión, responsabilidad social por las que fueron creadas, hasta el extremos de romper las fronteras en donde, muchas veces, se han que dado ancladas.

Al respecto de ello, consideramos muy apropiado un trabajo que nos lega el ex ministro de Educación del Brasil, Cristovam Buarque, en el Seminario Internacional: «La internacionalización del conocimiento: Un desafió para las redes de cooperación regionales», Buenos Aires, Argentina. 29, 30 de junio-1 de julio 2005, en donde señala: “La educación superior nació para destruir fronteras. De inicio, las fronteras de los dogmas de las interpretaciones religiosas; más adelante, las fronteras en todas las áreas del conocimiento. En los mil años de su historia, la universidad ha sido responsable por la superación de los límites del saber. Pero, en algunos momentos, la universidad tarda en aceptar las rupturas surgidas desde afuera, producidas por grandes pensadores no académicos. En estos momentos, para que pueda seguir destruyendo fronteras, la universidad necesita liberarse ella misma, romper con las fronteras dentro de las cuales actúa”.

En este comienzo del siglo XXI, la universidad tiene adelante una encrucijada: O decide romper con sus propias fronteras, o no servirá para seguir venciendo nuevas fronteras del conocimiento. Para ajustarse a los requisitos de los tiempos futuros, la universidad necesita romper, por lo menos, siete fronteras:

1.-La frontera social

El mundo global está cortado por una «cortina de oro», que serpentea por el planeta, separando los seres humanos en dos grupos, no solamente diversos, pero distintos, como si en el lugar de inequidad, la globalización tuviera implantado un apartheid social, una ghetificación. En este mundo dividido, la universidad se pone de un lado: al lado de los incluidos en la modernidad.

El trabajo académico, producido en cada país y en escala global, se convirtió en instrumento de consolidación de la ghetificación. Si la universidad mantiene esa posición actual, ese alejamiento respecto a la creciente desigualdad entre las personas pobres y ricas del mundo, sus trabajos de investigación en las áreas social, económica y biológica de la universidad servirán solamente para ampliar ese foso, provocando en el medio plazo, una ruptura de la especie humana en dos grupos biológicamente diferenciados. La ciencia, que deriva de la educación superior, inducirá una mutación en beneficio solamente de los ricos, los que tengan acceso a las nuevas técnicas médicas y biológicas; y proveerá también, las justificaciones sociales y éticas de esa ruptura en dos categorías de seres humanos. Recordemos que el apartheid surafricano fue concebido, no solamente por los economistas y empresarios para dinamizar fuertemente la economía, con la cruel exploración del trabajo de los negros, pero también por los seminarios teológicos, los cuales aportarán las justificaciones para el tratamiento distinguido de esa población.

La universidad de hoy, en cualquier país, se encuentra situada en un espacio global, un Primer Mundo Internacional de los ricos, alejada de la gente excluida por una frontera social. Para construir una civilización con modernidad ética, la universidad debe romper esa frontera, esa «cortina de oro». Necesita incorporar en la formación de sus estudiantes, y en el trabajo de sus profesores, un estricto compromiso ético con el ideal de una humanidad indisoluble. Sus cursos deben orientarse para la preparación de profesionales en áreas de la intervención social, como la educación y la salud. Sus derechos intelectuales se deben subordinar, a los intereses de la lucha contra la pobreza en el mundo. La universidad debe ser un agente fundamental de la “Declaración del Milenio” de las Naciones Unidas.

2. La frontera geográfica

La universidad fue una de las primeras instituciones de carácter global. Desde el período clásico, las academias griegas eran entidades de intenso intercambio, en el restricto espacio de aquel tiempo, entre Grecia, Roma y Egipto. Con la feudalización que siguió a la caída del Imperio Romano, la universidad fue la primera entidad de intercambio internacional, a excepción de la Iglesia Católica. Después del siglo XIII, los profesores circularon entre Bolonia, París, Cambridge y Oxford, intercambiando internacionalmente el saber como un bien común. Ese intercambio no ha cesado, pero la realidad del siglo XXI requiere un salto: Más que de cooperación, la universidad de las décadas próximas va a necesitar una verdadera interacción.

El intercambio ocurrido hasta ahora, fue posible gracias a una locomoción física y dispendiosa de la gente y de libros. Ahora, es posible un diálogo instantáneo, global y sin costos, gracias a la Teleinformática. En los últimos 20 años, nosotros vivimos una revolución de la técnica, que substituyó el caballo de la Edad Media y el aeroplano de siglo XX por la computadora, el Internet, la telecomunicación. La universidad tiene la posibilidad y la obligación de dar el más grande de sus saltos en términos de cooperación, hasta tornarse internacionalmente interactiva.

Desde ahora, más de contribuir unas con las otras, las universidades del mundo se pueden ensamblar, y formar un único cuerpo internacional que acumula y disemina el saber por todo el planeta. Las universidades necesitan romper las fronteras geográficas que todavía las separan, y disponen de los instrumentos para eso. Todas las universidades, en todos los países, pueden convertirse solamente en una, y garantizar a los estudiantes y profesores una sola convivencia diaria, con cursos mutuamente reconocidos, bibliografías comunes, actualizadas instantáneamente por discusiones frecuentes.

3. La frontera del campus

Para establecer esa conexión global, la universidad va a necesitar destruir los límites de sus propias fronteras, determinadas por las paredes del campus. Si sus cursos e intercambios se pueden internacionalizarse por medios diversos, no existe razón para que cada universidad se aísle dentro de sus límites, con el requisito de la presencia física de sus alumnos y profesores.

La universidad del siglo XXI será no solamente global, pero también abierta. Sus alumnos se podrán distribuirse por todo el mundo, no necesitarán frecuentar físicamente los cursos. La educación a distancia será el mecanismo más usual.

4. La frontera de las disciplinas

La dinámica con la cual el conocimiento en los tiempos actuales se desarrolla, no permite que el saber siga organizado en disciplinas tradicionales. El conocimiento avanza, añadiendo disciplinas viejas en nuevos campos de conocimiento, al paso que otras se vuelven obsoletas, sobrepasadas por nuevos campos. La universidad no puede seguir como un sistema de disciplinas aisladas, necesita crear espacios de práctica multidisciplinar que permitan el avance del saber en las nuevas áreas del conocimiento.

En el mismo tiempo, la realidad rápidamente cambiante no es acogida integralmente por ninguna de las disciplinas. Los problemas de la realidad exigen que la universidad cree visiones multidisciplinares, que le permitan aprehender hechos concretos: Energía, hambre, globalización, y cada problema real que exige un abordaje simultáneo de las diversas áreas del conocimiento.

Para abrigar esas disciplinas más recientes, surgidas de la evolución y convivencia de las viejas disciplinas, y también para responder a la necesidad de comprensión de la realidad, la universidad necesita organizarse en núcleos de estudios multidisciplinares. Esos núcleos funcionarán como encrucijada de saberes, puntos de convergencia de expertos para el intercambio del saber.
Para esto, la universidad tendrá de romper con la prisión de las disciplinas, romper con las fronteras que amarran y confinan cada saber.

5. La frontera del diploma

Parte de la historia de la universidad, es su rol de formadora de personal, en cursos limitados en el tiempo, durante los cuales los alumnos, casi siempre jóvenes, adquieren un título y con él, el reconocimiento permanente de un saber. Un diploma colgado en la pared, era un certificado de capacidad para toda la vida útil del profesional. Esta situación no se justifica, si el conocimiento se desarrolla con la dinámica de las décadas más recientes.

En los tiempos actuales, el conocimiento que un alumno recibe en la universidad, se vuelve obsoleto en período mucho más corto que la duración de su vida profesional. A cada cinco años, el conocimiento, en cualquier área, exige actualización, sin la cuál un profesional no está preparado para ejercer su función con plena capacidad.

En estas circunstancias, la universidad necesita romper con la frontera del diploma y de la formación permanente. Los certificados para el ejercicio de la profesión y la docencia del profesor deben ser provisorios. El concepto de ex-alumno debe desaparecer. La formación debe tornarse permanente. Todos deben ser alumnos por toda la vida.

6. La frontera epistemológica

La universidad nació metafísica y ha cambiado para el cientificismo. El dogmatismo fue sobrepasado por la frialdad. La visión fría, con la cual la universidad hoy percibe el mundo, necesita transformarse en un pensamiento que va más allá de la lógica científica, que combine la racionalidad con los sentimientos éticos y estéticos y con el aprecio por el encantamiento que es el drama de vivir, transformar y saber. Además de romper con las paredes entre las especialidades que enseña, la universidad debe también romper las paredes que separan lógica y sentimiento, conocimiento científico y propósito utópico. Antes de la Bomba Atómica, los físicos podían alegar una neutralidad ética, visto que se dedicaban más al saber y poco al transformar. Pero después de la explosión de Los Álamos, afirma Oppenheimer, “han perdido la inocencia y el derecho privilegiado a la neutralidad”. Hasta finales del siglo XX, los biólogos también tenían derecho a la neutralidad. Actualmente, la Bioingeniería y los milagros de la Ingeniería Genética, requieren el regreso de la ética como condimento de la caldera de conocimiento que una universidad debe ser. El mismo se aplica para la Economía, esta Ingeniería de Catástrofes Sociales, o para la Ingeniería, este instrumento de la destrucción del planeta. Desde la creación de la bomba atómica por los físicos, el saber adquirió un poder de transformación catastrófica en todas las áreas del conocimiento. Perdió el derecho a la neutralidad. La enseñanza de las ciencias, de las tecnologías, de la economía, de la medicina, no debe transmitir al profesional solamente un conocimiento frío de la formación específica, pero también el propósito utópico de eso saber.

El rompimiento de esa frontera es necesario, no sólo para prevenir que la universidad se transforme en una fábrica de profesionales fríos, dueños de un saber monstruoso, pero también para hacer de ella un centro de formación de seres humanos, con aprecio por la estética, capaces de desfrutar la vida. La universidad necesita formar ingenieros que construyen las máquinas y entienden la fuerza de ellas, pero que también valoran la música, la literatura, las artes en general.

Para esto, más allá de departamentos y de núcleos temáticos, la universidad necesita organizarse en núcleos culturales, que promuevan la práctica de la ética y de la estética entre sus miembros.

7. La frontera del método

Desde el principio, la universidad viene transmitiendo a sus alumnos respuestas ya existentes, o elaboradas por sus profesores, para preguntas predefinidas, en todas las áreas del conocimiento. Este, sin embargo, es el momento de un rompimiento radical de los paradigmas, epistemológicos u ontológicos, del conocimiento y de sus propósitos. Así que, no basta a la universidad ser una fábrica de respuestas; también debe ser una fuente de preguntas. El método pedagógico no puede más sostener la dicotomía entre las respuestas, de propiedad de los profesores, y las preguntas aún desconocidas, hechas por los alumnos. Ella necesita comprender el valor de las preguntas formuladas por ambos los lados. Cuando un discípulo hace una buena pregunta, él es el verdadero maestro.

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