“Es más relevante lo que será nuestro País a partir

del día siguiente de las elecciones  parlamentarias

que el evento electoral en sí y sus resultados, por cuanto  hemos llegado a un punto en el cual lo político

 ha sido rebasado por la política”

R. Boissiere

El cambio que se quiere no tiene que esperar hasta enero. Se tiene una deuda con la Nación, pues se debió haber aprovechado la estabilidad y los mecanismos de la democracia para haberlo llevado a cabo y haber colocado a Venezuela en la ruta del desarrollo y del progreso, mas fue solo cuando el modelo político-económico puntofijista mostró signos de inoperancia y corrupción cuando entonces se cometió la insensatez de brindar ilusión con el discurso populista de un mílite ambicioso, resentido e iletrado, que dejó esta herencia del desastre y la involución de hoy, por lo que ese cambio se debe ponerlo en marcha ya.

No es un cambio solo en lo político y económico, que urge, se necesita una profunda transformación en todos los órdenes, pero muy especialmente en la forma de ser, del estilo actitudinal y de pensar, proceso nada fácil ni de resultados inmediatos, pues no bastará con operar las rectificaciones e innovaciones en los asuntos inanimados, estructurales y coyunturales de la realidad, tarea de por sí ardua, pero de más fácil manejo, sino que la renovación supone atacar aspectos estructurales, estrechamente unidos a la naturaleza humana, socio-histórica, psíquica y moral de la sociedad venezolana, que debe ser manejada con mucha asepsia y delicadeza y con la cual no se puede experimentar.

Esta transformación debe darse individualmente y desde lo particular de cada ciudadano hacia la sociedad, hacia el Estado, que son hechuras de los venezolanos, para que luego las innovaciones y bondades se reviertan hacia cada habitante.

La realidad no es nada fácil, pues basta señalar que hoy se vive un clima de anomia y disrupción social que  pueden desembocar en un estado de acracia y caos. En efecto, por una parte, se observa una clara promiscuidad entre Estado, gobierno y PSUV, y una total discrecionalidad entre el cargo y las atribuciones de los más diversos funcionarios públicos y, por la otra, unos aterradores índices de violencia: 24.980 muertes en 2014, lo que nos hace el segundo país más violento del mundo; más de 70 muertes violentas en los fines de semana recientes, solo en Caracas; 30 linchamientos en la Capital hasta principios de septiembre de 2015  reportó el diario “La Voz”. Si a ello se suma: una inflación que, según los organismos internacional, está en el orden del 160% y estimada en una cifra muy superior a la anterior  para 2016; una canasta básica alimentaria en Bs. 78.611,65 para agosto pasado y un salario mínimo de Bs. 9.648; un índice de pobreza del 55% a finales de este año; y un barril petrolero a 34$ que se mantendrá a precios bajos hasta 2018, no es posible, justo, ni estratégicamente político echar sobre los hombros de los venezolanos  el peso de este desastre ni el reto de conducir solos el cambio.

Maduro y el chavismo deben seguir cargando sus culpas y asumir la responsabilidad de decisiones cruciales y traumáticas para enderezar el rumbo del País,