En este país están pasando algunas cosas raras en materia de política económica. Por un lado, la liquidez monetaria está aumentando tan lentamente, que casi da la impresión de que se ha quedado congelada. En los cinco primeros meses del año ese indicador monetario ha aumentado escasamente un 20 % – según las cifras oficiales del BCV – mientras que la inflación aumenta en ese mismo período en más de un 100%. Es decir, se está lanzando menos poder de compra a la calle. Se están congelando los medios de pago. Se limita la alegre emisión de billetes que ha protagonizado con tanto entusiasmo el BCV en los últimos años, y que ha generado la más elevada inflación a nivel planetario. Puede que esa medida de congelar la liquidez monetaria tenga éxito para parar la inflación, o puede que no, pero lo cierto es que esa estrategia de restricción monetaria es la más ortodoxa de las medidas de política económica que se suelen tomar en situaciones inflacionarias. Eso es lo primero que propondría cualquier economista de formación neoliberal. Raras son, por lo tanto, esas medidas en manos de nuestros revolucionarios locales. 

Como las estadísticas económicas se han limitado en este país a lo estrictamente necesario – y siempre y cuando no muestren situaciones poco simpáticas para el desempeño gubernamental- no hay datos sobre los niveles del déficit fiscal ni sobre como el nuevo precio del dólar dicom ha incrementado los ingresos fiscales y de Pdvsa.  Si el déficit fiscal sigue en niveles superiores al 10% del PIB como ha sido en años anteriores, entonces la reducción del consumo – a través de la reducción o el congelamiento de la liquidez monetaria – sería una receta solo válida para el sector privado – fundamentalmente para el 50 % más pobre de la población- pero sin que se reduzca en igual medida el consumo y el déficit gubernamental – y su correspondiente financiamiento por la vía de la emisión del BCV. Si eso estuviera sucediendo – lo cual es altamente probable – entonces se estaría en presencia de una brutal transferencia de recursos y de riqueza desde el sector privado de la economía hacia el sector gubernamental, con lo cual aumenta le ineficiencia global de la economía y la inequidad social de la política fiscal.

Paralelamente, se aumentan los precios de la carne, de la leche, de los cosméticos y de una serie de artículos de primera necesidad que habían estado con precios congelados durante muchos meses y/o años. Se argumenta hoy en día que las empresas no pueden aumentar la producción si no tienen precios que cubran los costos y que dejen un margen – aunque sea modesto – de ganancias. Ha costado sangre, sudor y lágrimas hacer que en las altas esferas del gobierno se acepte la idea de que sin precios remunerativos no hay producción posible. Durante largos períodos de la revolución bolivariana aquí se ha importado de todo, gastando irresponsablemente los dólares que provenían el boom petrolero – pensando ingenuamente que eso nunca se iba a acabar-  con lo cual se arruinaba, de paso, a los empresarios venezolanos, sobre todo a los medianos y pequeños, que no podían competir con el producto importado. Por otro lado, el acceso a los dólares baratos generaba una casta de nuevos ricos, corruptos y ostentosos, pero generosos con sus amigos, y con los amigos de sus amigos. Hoy en día todavía no se detiene la fábrica de nuevos ricos que es el dólar a 10 bolívares, pero por lo menos se permite a los productores que han sobrevivido que trabajen con precios que permitan la continuidad del proceso productivo.

El dólar Dicom, o Simadi, por otro lado, sigue subiendo día a día, con lo cual se pone de manifiesto que el ancla cambiaria de los años anteriores no era realista, viable ni conveniente para la economía venezolana, y que las otras tasas – todavía innombrables – hacia donde se acerca hoy en día la tasa Dicom, tenían una cierta dosis de realismo y que no eran, por tanto, mera manipulación de los eventuales y tenebrosos protagonistas de la guerra económica.

¿Y dónde quedo la guerra económica? ¿La baja de la producción es consecuencia de la decisión maligna de empresarios tenebrosos e inescrupulosos, o es la consecuencia lógica de precios demagógicos y populistas que no permitían que la producción ni siquiera se mantuviera en sus niveles históricos?

¿Y la inflación no era consecuencia de una tasa de cambio ficticia divulgada por una publicación satánica que día a día publicaba datos especulativos, que curiosamente una gruesa parte de la ciudadanía venezolana leía y creía? ¿Y ahora la inflación pasó a tener algo que ver con la emisión monetaria y con el déficit fiscal? Esa publicación maligna y especulativa sigue editándose día a día, ahora con datos a la baja sobre ciertas tasas de cambio, pero ahora parece que ya no tiene tanta importancia o tanta incidencia, en la medida en que el dólar oficial se va acercando a la tasa de cambio que se tenía como la máxima expresión de la mentira, de la especulación y de la guerra económica.

Es posible que en el futuro cercano sigamos viendo cambios de esta naturaleza, como producto de una cuota de realismo, por un lado, y de desespero, por otro. Como se supone que dijo el Quijote “cosas veredes, amigo Sancho, que harán fablar las piedras”.