Es ya suficientemente conocido el hecho de que América Latina y el Caribe vivió una década -e incluso un poco más-  no solo de crecimiento económico, sino de avances en materia de reducción de la pobreza. Estas dos cosas no siempre se dan en forma paralela. No es difícil encontrar ejemplos en la historia económica de la región, de momentos en los cuales el crecimiento económico ha ido acompañado de un crecimiento de la pobreza. Pero en los primeros años del siglo 21, con la excepción de 2009, América Latina vivió una época de altos ingresos en materia de exportaciones -fundamentalmente de productos primarios- lo cual generó una tasa bastante elevada de crecimiento económico -medida por el PIB que es el indicador más convencionalmente utilizado en estas materias- y los gobiernos de la región, premunidos de mayores ingresos,  pudieron realizar avances bastante sustantivos en la  complicada tarea de reducir los índices de pobreza y de extrema pobreza. En el año 2004, la región exhibía una tasa de 44,9% de personas en situación de pobreza, tasa que bajó a 25,7% en el año 2012. Ahora, todo indica que ese ciclo está en vías de revertirse. Las exportaciones han perdido o están en vías de perder su dinamismo –cae el precio internacional del petróleo, de la soya, del cobre, etc.– y el crecimiento económico que se visualiza para el 2015 no es nulo, pero es modesto -solo de un 2,2% para el conjunto de la región, según Cepal, después de haber conocido la tasa record de 6% en el año 2010-  y la pobreza vuelve lentamente a aumentar. Visto desde otro punto de vista, esto significa que hay una masa sustantiva de pobres en América Latina que no pudo abandonar su situación de tal, ni aun en el mejor momento de la economía regional y nacional.  Constituyen lo que el Banco Mundial -estrenando una nueva terminología en los múltiples estudios sobre la pobreza- ha pasado a denominar como pobreza crónica. Según un estudio reciente de dicho organismo internacional en América Latina y el Caribe, esa masa de pobres crónicos alcanza a 130 millones de personas. Se trata de ciudadanos que han vivido en esa situación durante toda su vida, e incluso en las generaciones inmediatamente anteriores. Carecen de condiciones educacionales, de redes de apoyo, de visión del mundo y de estímulos culturales como para abandonar su situación de pobreza. Son pobres que generan hijos que, seguramente, continuarán en la situación de pobreza. No se trata solo de pobreza rural, sino que esa pobreza crónica se encuentra fundamentalmente en las grandes ciudades. Para ellos no vale la hipótesis de que el crecimiento económico es la situación que deben generar los países y los gobiernos, para lograr  que sus ciudadanos abandonen la situación de pobreza. No valen tampoco los mecanismos convencionales de la política social, sino que se necesita para ellos de políticas nuevas, específicamente dirigidas hacia los núcleos más duros de la pobreza crónica. Los que lograron, en el transcurso  de la última década abandonar la situación de pobreza, no cayeron cómodamente en la situación social y económica que define a las capas medias. Se trata, por la general, de sectores que se mantienen en un alto grado de vulnerabilidad, pues son los candidatos naturales para retornar a la situación de pobreza, cuando ésta comience nuevamente a crecer, que es la perspectiva que comienzan a avizorarse en el presente económico de la región. Según el estudio ya mencionado del Banco Mundial, esa masa con alta vulnerabilidad se define como población que exhibe un ingreso de entre  4 y 10 dólares al día, por sobre la definición convencional de pobreza, pero sin capacidad de consolidarse en los estándares de consumo y de vida de la clase media regional. En ese sector altamente vulnerable se encuentra, según el Banco Mundial el 34,2% de la población de América Latina y el Caribe. Es decir, son más los que están en situación vulnerable, que los que están de lleno en situación de pobreza. Además de los dramas humanos que toda esta situación esconde, sería importante indagar o reflexionar sobre los comportamientos políticos particulares que tienen -o que pueden llegar a tener-  quienes se asomaron  al abandono de la pobreza y que tienen  que volver a ella. 

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