¿Quién soy? (V)

“Filosofemos”
Manuel García Morente,
(Lecciones preliminares de filosofía; 1948, Buenos Aires).

Esos envíos, (que muestran el interés ante lo publicado), incitaron esta quinta entrega, cuya argumentación se centra en lo filosófico, pues allí es desde donde puede responderse serenamente lo interpuesto, respetándose las opiniones que llegaron, pues cuando se es universitario se comprende que lo universal es el punto de convergencia de todas las divergencias y que allí caben todas las ideas: las mías, las de otros, las de todos; si no fuera así, no podría llamarse “universidad”; sin embargo, también se apoya en elementos anatómicos y fisiológicos del Homo sapiens.

Ubicarse en lo filosófico es una buena táctica, pues permite tratar el origen de las “verdades de razón”, (que no obligatoriamente son perfectamente correspondientes con la realidad, pues algo puede ser “la verdad individual” o “la verdad grupal” y éstas -a su vez- no ser “la realidad”; es decir, la verdades de razón no siempre son aritmética ni geométricamente equivalentes a la realidad). Las verdades de razón son innatas. ¿Innatas? Por “innatas” no se quiere expresar aquí que nazcan con la vida del humano o que estén sembradas en su genoma; se busca comunicar que son esencialmente naturales y germinativas, como una semilla o germen que llega y se implanta en el cosmos del intelecto individual.

Entonces, pido -otra vez- a quien lea estas líneas que por un rato eche a un lado, (en una mesa de trabajo y no en un pipote de basura), los pre-juicios y las pre-disposiciones que pueden indisponerle y entorpecer la admisión de lo que se expone aquí, lo cual -si se internaliza, germina y brota- puede ser de utilidad para adecuar los paradigmas imperantes en cada quien y tener repercusión provechosa en lo organizacional.

En el devenir de la vida, estas ideas se esparcen y se siembran, se desenvuelven, se explicitan, se formulan, se separan unas de otras, se establecen y asumen forma en su relación. En este sentido seminal genético, germinativo, puede decirse que las verdades de razón son innatas; pero naturalmente, no en el sentido del pensamiento inflexible. Todo humano puede llegar a relacionarse con una verdad de razón y admitirla o no: para eso está el libre albedrío y la experiencia.

Leibniz se refirió a ello y lo expresó de una manera perfecta y clara, cuando propuso que, al lema fundamental de los nihilistas, (quienes promulgan que las cosas pueden no ser una cosa ni la otra), y de los empiristas, (aquellos que aceptan el aprendizaje como resultado de lo vivido, producto del “ensayo y error”, no de lo desprendido del saber teórico): “Nihil est in intellectu, quod non prius fuertir in senso, (nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos)”, se añada: “Nisi intellectus ipse, (a no ser el propio intelecto)”, con sus leyes, con sus gérmenes, con todas esas posibilidades de desarrollo que no necesitan más que desenvolverse en el contacto con la experiencia, (no a priori), lo cual lleva a las “verdades de razón” a ser “verdades de hecho”, (empíricas, resultantes de lo vivido), sin dejar de ser “verdades de razón”.

Para facilitar la comprensión de lo propuesto, puede ser de utilidad seguir el flujograma siguiente:

Este gráfico muestra que, en cada segundo, el humano se expone a casi medio millardo de estímulos, (imágenes, palabras, olores, etc.), que incitan los órganos de los sentidos que los conducen hacia la formación reticular, (ubicada en el tallo encefálico), donde está una especie de “RAM” -memoria a corto plazo- que filtra aleatoria y selectivamente lo captado, (en ceñida correspondencia con los principios, los valores, las creencias individuales, etc.), pues lo destilado ha de pasar por un canal de capacidad limitada, (de sólo dos mil bits/segundo),hacia: 1- un sistema regulador de respuesta que adecua las reacciones que se exteriorizarán a través de los efectores, (sudoración fría, palidez, sonrisa, disgusto, etc.); 2- la “RAM”, (desde donde se podrá emitir la justificación inmediata de una respuesta reactiva), y 3- el almacén de largo plazo -la memoria- que aprende y guarda lo experimentado, y envía órdenes para consolidar -o abatir- los principios, valores y dogmas admitidos y así determinar en lo sucesivo cómo será la próxima colada.

Ante esta explicación con base anatómica y fisiológica, relativa a cómo piensa un humano, (algo que conviene que sea conocido y dominado por todo miembro de un equipo humano), ¿cómo negar la verdad coherente con la realidad, respecto de que hay que ser sumamente cuidadoso en el momento de emitir juicios acerca de lo hecho o decidido por otro, pues éste puede terminar siendo un aliado, un indiferente, un adversario, o un saboteador, etc.?

Lo antedicho tiene como columna vertebral lo de la identidad personal, entre cuyo sustento filosófico se halla el axioma del eminentemente italiano Galileo Galilei, (1563-1642), que asevera: «No se puede enseñar nada a los hombres, sino ayudarles a descubrirlo dentro de sí mismos», lo cual facilita comprender la idea de que el accionar y el reaccionar viene de «dentro hacia fuera».

Expresado esto, nacido de la consideración respetuosa y sosegada de lo comentado por quienes han leído “¿Quién soy? (I, II, III y IV)” y que han pedido una explicación que soporte lo ofrecido allí, se espera que se dé una apertura intencionada para que se enraícen los argumentos ofrecidos, en lo tocante a lo valioso que es saber acerca de la persona, que desempeña el rol del personaje que le toca cumplir en una organización, poniendo a prueba su personalidad y la unicidad del todo, conjuntamente a la repercusión que esto tiene dentro de lo organizacional.

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