Reflexiones acerca de las tasas de interés

Todos los días la prensa muestra al país como han evolucionado en los días previos las tasas de cambio, las tasas de interés y la tasa de inflación. Hay otras tasas que tienen bastante importancia macroeconómica, pero esas son las más publicitadas. Frente a aquello, el grueso de la población mira esos datos sin saber mucho que significan, que importancia tienen en la cotidianidad de sus vidas y cuáles son las causas de las fulanas variaciones. Aportaremos en el presente artículo algunas reflexiones sobre la tasa de interés.

El Banco Central fija periódicamente la llamada tasa de política monetaria, que es la tasa de interés que dicha institución le cobra a los bancos cuando estos le solicitan créditos. Con esos fondos que el Banco Central presta a la banca -por ejemplo, a una tasa de 1.75 % anual – los bancos y otras instituciones financieras realizan préstamos a las empresas, comerciales o industriales, obviamente a una tasa mayor que el 1.75%. Pero, por arte de birlibirloque, el ciudadano de a pie tiene que pagar tasas de 30 %, 40 % o más cuando hacen uso del crédito que les ofrecen el sistema comercial y financiero. Posiblemente no exista en el planeta Tierra un negocio mejor que aquel de tomar plata prestada a 1.75 % de interés y prestarla a 30% o 40%.  La tasa de política monetaria, no es, por lo tanto, una tasa que defina o determine las tasas que debe pagar el común de los ciudadanos, que viven altamente endeudados con las grandes casas comerciales o con instituciones financieras. La tasa de política monetaria no es con ellos. Entre la tasa de política monetaria y la tasa comercial hay un tremendo espacio, que permite engrosar las utilidades de las grandes cadenas comerciales, muchas de las cuales han generado sus propias instituciones financieras o bancarias, para gozar del crédito barato que les ofrece el Banco Central. Las tasas de interés – la tasa de política monetaria y las otras – definen, en última instancia, el nivel y las formas en que se van a repartir las ganancias que van a lograr los bancos y las casas comerciales, a costa del endeudado consumidor.

Pero los bancos no canalizan todos sus fondos prestables hacia el público consumidor. Hay también una parte que se canaliza hacia las empresas, ya sea para que inviertan en nuevos proyectos productivos y/o para que mantengan un flujo de caja que se corresponda con sus operaciones habituales. Obviamente este tipo de empresas deben también pagar a los bancos una tasa de interés – nunca tan alta, en todo caso, como la del sufrido consumidor – y, por lo tanto, los negocios o la eventual inversión que realicen debe arrojar un rendimiento o una ganancia que sea mayor que la tasa de interés a la cual ellos contratan sus créditos. Se supone que si la tasa de política monetaria sube – por ejemplo, de 1.75 % a 2.0% – eso implicará un incremento de la tasa que las empresas no bancarias deben pagar a los bancos por los fondos que usan, y eso se reflejará en un incremento en el precio de los bienes producidos, en una reducción de las inversiones que llevan adelante esas empresas y/o en una reducción de las ganancias que dichas empresas obtienen. La primera de estas opciones – el incremento de precios – obviamente no es una buena cosa, pero la última – la reducción de las ganancias- sí lo es, pero requiere como condición ineludible que se imponga el no incremento de los precios. La segunda opción – la reducción de las inversiones – no es tampoco una buena cosa, pues detiene el crecimiento, pero eso solo sucederá cuando no hallan otros agentes, tales como el Estado o los inversionistas extranjeros, que puedan hacerse cargo total o parcialmente de ese vacío.

En síntesis, la tasa de interés no es una decisión de los dioses, ni un mandato de la naturaleza, sino que es una decisión sumamente humana, que se toma siempre barajando diferentes opciones respecto a los sectores sociales y económicos que se van a ver afectados, positiva o negativamente.   

 Artículo de Sergio Arancibia publicado en la edición digital de EL CLARIN (Chile) el día 30 de enero de 2020

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