Sobre la universidad empresarial

Las características modernas de los escenarios económicos demandan de profesionales altamente capacitados, capaces de interpretar los retos, cambios del presente en un entorno que es muy dinámico, exigente. Escenario que las universidades deben saber interpretar y actuar de acuerdo a sus exigencias, garantizando resultados eficaces de su gestión que favorezcan a dichos escenarios.

Se debe reflexionar sobre cuál debe ser la gestión adecuada de la universidad ante estos escenarios, cómo actuar y establecer programas, que garanticen resultados, que se identifiquen con las necesidades de su entorno, capacitando a profesionales capaces de solucionarle problemas, en donde se requiere de esos conocimientos; profesionales que generen acciones, cambios, modelos y que favorezcan a las instituciones en donde prestan su servicios.

Al respecto de este tema, Eduardo Ibarra comenta, que: La universidad empresarial se edificó para atender las exigencias planteadas por el desarrollo industrial y la democracia. La universidad estadounidense representa ejemplarmente este proceso, al grado de establecerse, por más de un siglo, frente a otras naciones del mundo, como ejemplo a seguir cada vez que se plantean reformas o iniciativas de modernización. La vinculación de la universidad estadounidense con la empresa y la política, nos conduce, cuando menos, a la segunda mitad del siglo XIX, época en la que se produce el despegue definitivo y acelerado del desarrollo de la economía capitalista en esa nación. La progresiva incorporación de la gestión de los negocios en el manejo de la universidad, a principios del siglo XX, marca la reafirmación de un modelo que funcionará, teniendo siempre a la economía como uno de sus referentes fundamentales, y a la libertad académica, como uno de sus contrapesos. Sus transformaciones serán determinadas por la creciente complejidad de la industria y la consolidación del conocimiento, como la fuerza productiva más importante de las grandes corporaciones, para controlar sus mercados. Para caracterizar este proceso de desarrollo, generalmente, se distinguen dos grandes etapas o “revoluciones”.

La primera, conocida como: el triunfo de la dirección privada, corresponde al proceso de difusión de la administración científica encabezada por Frederick W. Taylor y su impacto en el manejo de la universidad, bajo los auspicios de la ‘Association of American Universities’, el Consejo General de Educación y la Fundación Carnegie. Por su parte, la segunda revolución, denominada como: “El Triunfo de la Racionalidad”, se relaciona con el uso creciente, después de la Segunda Guerra Mundial, de la investigación de operaciones y los sistemas administrativos relacionados con el control de costos y la rendición de cuentas.

Nosotros nos inclinamos a pensar, que se ha producido ya una tercera revolución, a la que podríamos referirnos como: “El Triunfo de la Comercialización”, relacionada con la creciente participación de la universidad en los mercados del conocimiento y con la incorporación de las tecnologías liberales de regulación. Este tercer momento, distinguible a partir de finales de los años 1980s, se relaciona con el uso de las recetas de moda de los nuevos paradigmas gerenciales de la excelencia, la cultura y el conocimiento.

Así, la incorporación de las propuestas de la gestión de los negocios, se ha mantenido como una constante a lo largo del último siglo, marcando las etapas de transición que permiten comprender los modos en los que, la universidad como institución, ha enfrentado las exigencias de cada época. Sin duda, se trata de una institución fundamental en el proyecto estadounidense de nación.

La universidad ha formado, a lo largo de los últimos cien años, a los técnicos y profesionales que se han encargado de impulsar y operar el capitalismo corporativo, atendiendo las exigencias de la economía comandada por las grandes empresas y la industria del exterminio. Ella ha producido, igualmente, buena parte del conocimiento científico-tecnológico, sin el cual, Estados Unidos, no se hubiera consolidado como la mayor potencia económica y militar del mundo. Pero también, en un juego de espejos socialmente producido, la universidad se ha mantenido como espacio relativamente ajeno al sistema, como refugio que ha permitido preservar, no sin dificultades, el ejercicio del libre pensamiento, la crítica social y la creatividad artística; abriendo cauces alternativos de expresión y nuevos modos de existencia; en este aislamiento aparente, nutrido por la reflexión, la imaginación y la creatividad, ha cultivado sus fortalezas para contener los abusos del poder.

Agrega Ibarra, que la función originaria de la universidad estadounidense, relacionada con el desarrollo industrial y la democracia, se tradujo en un complejo modelo, que conjugó la educación liberal con el pragmatismo empresarial, produciendo tensiones y equilibrios precarios, que han marcado la dinámica de su desarrollo hasta nuestros días. Estamos ante una institución de naturaleza híbrida, pues en ella se conjugan, en un balance disimétrico, la corporación burocrática y el espacio utópico. Cada ciclo de empresarialización de la universidad marca las transformaciones de este balance, que da lugar a las formas específicas que adquiere, en distintos momentos, la relación entre la búsqueda del conocimiento y su utilidad práctica, o entre la libertad académica y el control administrativo. Su futuro, como comunidad de disensos basada en la comunicación, el diálogo y la pluralidad, depende de las soluciones que la sociedad logre construir para confrontar de manera imaginativa las tensiones entre el mercado y la democracia.

Finalmente Carlos Tünnerman, con mucha experiencia en lo concerniente a educación, comenta además, que la aparición de estas universidades empresariales o corporativas plantea un reto a la universidad clásica, pues, evidentemente, lo más indicado sería que las empresas recurran a ellas para el adiestramiento de su personal y para sus necesidades de investigación. Sin embargo, esto supone que la universidad clásica se transforme también en un centro de educación permanente, abierto a todas las edades, flexibilice sus requisitos de ingreso y sus estructuras y otorgue reconocimiento académico a las experiencias laborales. Y aún más importante: que revise constantemente sus planes y programas de estudio, para que el conocimiento que imparte sea el más actualizado. Todo esto se podría lograr con un mayor y mejor acercamiento entre la universidad y el mundo productivo.

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