Suspender el comercio entre Venezuela y Colombia tendrá su costo.

En un país donde las autorizaciones para importar, así como el acceso a las divisas correspondientes, dependen de decisiones gubernamentales, es fácil y expedito hacer realidad una política de paralizar el intercambio comercial con un país al que no se quiere, aunque esto sea solo por un tiempo. Además, el comercio fronterizo, por lo general más libre que el resto de las transacciones binacionales, también es fácil suprimirlo o aminorarlo por la vía de la exacerbación de los controles administrativos e incluso militares. Por lo tanto, si alguien se pregunta si es posible suprimir o reducir en forma sustantiva el comercio de Venezuela con Colombia, la respuesta es que si. Si se puede.

Paralizar el intercambio con Colombia, como protesta al anuncio de que fuerzas estadounidenses intensificarán el uso de las bases militares colombianas, tiene sus implicaciones y creemos que se le debe prestar suma atención. Si bien es cierto, que debemos defender nuestra soberanía como venezolanos, también lo es, que el gobierno por el bien de sus conciudadanos y de su economía debe cuidar nuestra infraestructura productiva y evitar ocasionar más inflación de la que tenemos.

Creemos que la idea que debe prevalecer con Colombia, es la que ésta es complementaria más que competitiva con la economía venezolana, o que el comercio bilateral ha sido y es creciente, o que los convenios comerciales vigentes llevan necesariamente a que cada uno de los mercados tenga un carácter principal y estrategico para el otro país. Por lo tanto, las divergencias politicas deberían resolverse por vía diplomatica.

Es lógico pensar que, para cada mercancía decenas de países y cientos de empresas están dispuestas a venderles a los importadores venezolanos o al gobierno lo que estos quisieran comprar. No obstante; cabría pensar con la misma lógica, que las compras se hacían en Colombia por razones exclusivamente de mercado. Era un buen negocio. Era buena la calidad, o eran buenos los precios, o era barato el transporte, o eran menores los tiempos invertidos en cada operación comercial, o había una buena combinación de todas o algunas de esas situaciones.

El intercambio comercial entre ambos países significó en el 2008 un aproximado de 7.000 millones de dolares, de los cuales cerca de 6.000 millones fueron importados por Venezuela, una gran parte compuesta por productos intermedios para el sector industrial, entre las que destacan piezas automotrices, productos farmaceuticos y alimentos.

La situación en discusión tampoco pareciera buen negocio para nuestro país, si a eso se agrega el hecho, de que las exportaciones venezolanas hacia Colombia también es posible que se reduzcan -como consecuencia de una eventual retaliación por parte de Colombia, o como mero resultado de los mayores precios impuestos por Venezuela- entonces los impactos negativos de todo este estado de cosas serán mayores aún, pues menores exportaciones se traducen en menores empleos y más bajos niveles de producción internos.

Una situación como la que estamos viviendo podría ser inocua si se tratara de dos paises cuya relacionamiento reciproco es poco, pero ese no es el caso de estos paises que han desarrollado en el trancurso de las últimas decadas un intenso intercambio comercial, que ha llevado a que para cada uno de ellos el mercado del otro constituya parte importante de sus posibilidades de exportación.

Sustituir las importaciones de materias primas de un país, no es una cosa de un día para otro. En ese tipo de decisiones, debe prevalecer la prudencia y la mesura, por eso debería ser materia diplomatica. 

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