Uno de los más grandes y peligrosos mitos de la teoría económica clásica es el que dice relación con la transparencia de los mercados. Según ese postulado, todos los agentes económicos – oferentes y demandantes – conocen todos los datos que son necesarios para actuar como productores o como consumidores en el mercado que se esté analizando. Se conocen todos los procesos productivos, las tecnologías, las calidades, los precios, los gustos y preferencias de los consumidores, los márgenes de ganancia, etc.

En esas circunstancias el proceso de toma de decisiones sobre qué comprar o qué vender tiene un alto grado de racionalidad y de previsibilidad.  Nadie compra un bien caro o malo, si sabe con meridiana certeza de que en el mismo mercado hay bienes iguales o mejores que se venden a un precio menor. Ese conocimiento enciclopédico, de todos con respecto a todo, genera una falta de sorpresas y una alta capacidad de autorregulación de los mercados. De allí es fácil saltar hacia una política económica que implique no hacer nada, o hacer muy poco, en materia de regulación o intervención de los mercados, pues ellos están bastante cercanos a la perfección.

La realidad de las cosas, en materia de transparencia, es que en el mudo o globalizado de hoy en día, los productores no conocen a sus eventuales contrapartes comerciales ubicados en otros países, incluso en los más cercanos. El mercado internacional sigue siendo en alta medida un mundo ignoto y desconocido, a pesar de las facilidades existentes en materia de comunicaciones y de transporte. En otras palabras, agentes económicos situados geográficamente en puntos muy cercanos no saben lo que unos u otros ofertan o demandan, ni las calidades de sus productos, ni sus niveles de producción posibles, ni sus precios, etc.

De allí entonces que en el comercio internacional contemporáneo juegue un rol fundamental el poder lograr que la oferta de un país – o de un grupo de productores, o de una empresa en particular – pueda ser conocida por cientos o miles de eventuales demandantes ubicados en otros rincones del planeta.  Eso se puede lograr, parcialmente, hoy en día, por la vía de las páginas web, en que una empresa se presenta a sí misma y a sus productos ante los ojos de todo el mundo. Pero eso no basta. Tarde o temprano el contacto y el conocimiento personal pasan a jugar un rol estelar en la negociación comercial.

Por eso, uno de los mecanismos para incrementar el conocimiento y los negocios en el campo del comercio internacional es la concurrencia a ferias que son precisamente para ello: para que los ofertantes y demandantes de diferentes países se conozcan, conozcan sus productos, sus ofertas y sus demandas, y puedan hacer negocios mutuamente beneficiosos a partir de ese mayor grado de conocimiento mutuo.

También las ruedas de negocios, organizadas a nivel nacional o internacional, juegan el mismo rol: ampliar el conocimiento y en contacto entre oferentes y demandantes. También en este mismo orden de cosas podemos ubicar la giras o misiones comerciales realizadas por empresas o grupos de empresas a países que se visualicen potencialmente como mercados con condiciones positivas para comprar o para vender.

Todos los países y gobiernos, en estrecho contacto y cooperación con los organismos gremiales, apoyándose mutuamente, realizan actualmente una intensa actividad destinada a romper la opacidad, aumentar la transparencia, incrementar el conocimiento mutuo entre oferentes y demandantes, dar a conocer sus productos más allá de sus fronteras y, en general, desplegar iniciativas en el campo del marketing internacional y de la promoción de exportaciones. Todos, menos uno.