Velásquez y el misterio de Las Meninas

Este maestro de la pintura, al suprimir el sujeto de la representación, reivindica la independencia del trazo. Y libre al fin de esta relación, acota Michel Foucault, la representación puede darse como pura representación. Sin duda alguna, esta obra de arte marcó, por así decirlo, el inicio del dispositivo simbólico que conocemos bajo el nombre de Modernidad.

Las Meninas

Una infanta con ligeros rasgos mongólicos. Blanca. Rubia. Una servidora hincada a sus pies, varios personajes secundarios, un perro en primer plano, un caballero entrando o saliendo por un haz de luz que brilla en el fondo del cuadro, a la derecha del espectador; mientras a la izquierda, hay un caballete que nos da la espalda. El caballete un cuadro del que sólo vemos la parte de atrás. El cuadro se nos esconde, pero no quien lo pinta. El pintor se representó a sí mismo, de pie, junto a la pintura que se encuentra elaborando. Sostiene una paleta y un pincel, sus manos se aprestan a usarlos. La mayoría de los personajes del cuadro miran hacia delante, el pintor también. El objeto de esta atención se desvanece a quienes miramos el cuadro, pues se encuentra enfrente de los personajes, fuera del cuadro, más allá de la representación.

Al fondo – en el centro- hay un rectángulo ricamente enmarcado. Es más pequeño que los demás cuadros, que pueblan las paredes representadas en la pintura que estamos observando. Este aparente cuadro se diferencia de los otros, no sólo por su tamaño, si no por su textura. La superficie luce bruñida. Se trata de un espejo que refleja el rostro de dos personas. Una mujer y un hombre, la reina y el rey.

Velázquez honra al rey, representándolo dentro de la representación; es decir, reduplicando la representación. Porque el cuadro que miramos es, obviamente una representación; pero su personaje principal, el rey, no se encuentra directamente representado, como habría ocurrido en cualquier pintura que precediera a Las Meninas. Pareciera, entonces, que el artista se propusiera representar la representación. Y no sólo representarla, sino también darle un lugar privilegiado, duplicándola. Por esta razón, la pregunta ¿quién pinta? es posible responderla mediante esta afirmación, el trazo.

Michel Foucault, en el capítulo dedicado a “Las Meninas”, en su libro “Las Palabras y las Cosas”, da cuenta de esta abolición del sujeto clásico. “Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta -de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo -que es el mismo- ha sido suprimido. Y libre al fin, de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación”.

Los dispositivos

La reflexión anterior permite afirmar que los discursos, (políticos, sociales, económicos, etc.), despliegan sus lógicas al interior de dispositivos, que conforman el a priori histórico, de un momento cultural determinado.

La democrática, por ejemplo, constituye una de las distintas lógicas que conforman el dispositivo simbólico que ha hegemonizado nuestras estructuras de significación, a lo largo de la mitad del siglo pasado hasta el día de hoy. Su crisis, entendida como agotamiento del sistema populista de conciliación, indica su debilidad y, en consecuencia, la posible cancelación de su sujeto histórico.

Hoy en día, en forma artificiosa, se intenta restaurar la razón política sobre la cual se edificó este dispositivo en el pasado. Esta reconversión discursiva puede explicarse, a partir de dos circunstancias. Por un lado, tenemos el oxígeno que la renta petrolera proporciona a este agónico módulo simbólico y, por el otro, constatamos la imposibilidad discursiva de los actores políticos, para armar una alternativa distinta a lo ya existente. Unos y otros no entienden que el orden de las cosas, “sólo existe a través de la retícula de una mirada, una atención, un lenguaje”.

Resulta imperativo, entonces, que las miradas tiendan posarse sobre lo que aún no existe. Condición previa para otorgar sustancia al porvenir. Esta carencia, cuya presencia envuelve y aprisiona nuestro ser colectivo, constituye, sin lugar a dudas, indicación de la magnitud del vacío en el cual nos encontramos.

El cuadro “Las Meninas”, en tanta metáfora, ayuda a comprender la privación esencial, que determina nuestra contemporaneidad. ¿Cuál es la naturaleza de esta carencia? ¿Simbólica? ¿Histórica? ¿Ambas? Responder estas interrogantes implicaría desarrollar, una densa argumentación de carácter político. No es posible avanzarla en estas cortas líneas. Sin embargo, dos afirmaciones pueden ser formuladas, a modo conclusión, de este breve relato. La primera, apunta a señalar que el dispositivo democrático y su sujeto histórico, han rendido su tiempo histórico; y, la segunda, que una retícula diferente y su correspondiente lenguaje comienzan a desplegar lentamente una nueva lógica. Lo nuevo lucha por emerger. Sin embargo, a pesar de esta circunstancia, todavía no han sido formuladas las respuestas que puedan dar cuenta plena de estas interrogantes.

Las incógnitas persisten ¿Qué trazo? ¿Cuál palabra?

Ficha biográfica

VELÀZQUEZ (1599-1660)

Velázquez es el mejor representante de la pintura barroca española. En su obra dominan las líneas esfumadas, la búsqueda de profundidad, la luz y la composición. Fue pintor de cámara en la corte de Felipe IV de modo que la mayor parte de sus modelos pertenecen a la familia real y a personajes cercanos a la realeza. También pintó tipos del pueblo y algunos cuadros religiosos y mitológicos.

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