Cuentos que ayudan a reflexionar (II)

En esta oportunidad exponemos dos cuentos, que el lector obtendrá de ellos esa información que lo motive en la responsabilidad que, día a día, da el diario vivir, mientras se nos permita disfrutarla.

EL PASTOR Y LA HILANDERA

Cada pueblo tiene una forma de explicar el significado de las estrellas. ¿Quieres descubrir cómo se formó la Vía Láctea para los tibetanos? ¡Pues no lo dudes y sigue leyendo! Érase una vez, un joven muy pobre. Era tan pobre que tenía que llevar a pastar la vaca de un vecino, porque el no tenía una propia. La vaca fue haciéndose cada vez más y más bonita. Pero no se trataba de una vaca cualquiera, ésta vaca era la vaca de los dioses y era bondadosa pero también poderosa.

Un buen día, la vaca, que quería mucho a su pastor, le dijo: “Hoy es la séptima noche, el señor Nefrito tiene nueve hijas que van a tomar su baño en el lago del cielo y la séptima es la más bella e inteligente; ella hila las nubes a los dioses. Si puedes ir y quitarle el vestido, podrás ser su marido”. El pastor no salía de su asombro y contestó“: ¿Pero cómo podré hacerlo, si ella vive en el cielo?” “Súbete a mi lomo que yo te llevaré hasta el lago de los cielos.”

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, la vaca llevó al pastor al lago donde se estaban bañando nueve doncellas. La vaca le dijo que cogiese el traje rojo que estaba colgado y se escondiese en el bosque y que no diese el traje hasta que no consiguiese su mano.

Cuando las doncellas fueron a salir, se dieron cuenta que sólo había 8 trajes, corrieron y alborotaron, hasta que se descubrieron al pastor escondido cerca del lago. La séptima doncella se había quedado en el agua porque no tenía traje y le pidió que le devolviese la ropa. El pastor, recordando lo que le había dicho la vaca, se negó salvo si se casaba con él. Ella se negó en rotundo, pues su padre no lo consentiría. La vaca dijo que ella convencería a su padre, pero la doncella no creía que la vaca fuera sagrada.

«Pregunta a la primera planta que veas, si no me crees» dijo la vaca. La doncella acude a unos mimbres y éstos le responden “La séptima noche es hoy, la hilandera se casa con el pastor”.

Finalmente, la doncella accedió a lo deseos del pastor y se casaron, pero ella debía acudir a seguir tejiendo las nubes. Un día se fue al cielo a cumplir con su obligación, pero el pastor la siguió, porque pensaba que la perdería. Ella, sabiendo que el pastor no podía estar allí, tejió un muro entre ambos, (la vía láctea) y allí están la hilandera, (constelación de la lira), del pastor, (constelación del águila), alejados el uno del otro. Sin embargo, el muro desaparece cada séptimo día de cada séptimo mes y así pueden verse y estar juntos.

LA BOLSA DE LOS CUENTOS

El pequeño Lom conocía muchos cuentos, pero no quería contárselos a nadie. Todo el mundo sabe que el egoísmo no es nada bueno, y que las historias están para explicarlas a los demás, así que los propios cuentos, atrapados en una bolsa, intentaron jugarle una mala pasada.

«Cuéntame otro cuento, por favor», suplicó Lom. “No, ya es hora de dormir”, contestó su anciano criado. Así que el pequeño se acurrucó en la cama, pensando en la historia que acababa de escuchar.

El pequeño Lom vivía en una gran casa al norte de Camboya, y tenía un criado que cada noche le contaba un cuento popular. Las historias solían ser de enormes gigantes y poderosos magos, tigres feroces y
sabios elefantes, emperadores opulentos y hermosas princesas. Cada noche había un nuevo cuento, y a Lom le encantaba escucharlos. Sabía que eran relatos muy antiguos, pues el criado los había heredado de su abuela, y esta de su bisabuela, y así hasta muchos años atrás.

Delante de los amigos, Lom solía alardear de saberse multitud de historias, pero nunca se las quería contar a nadie, por lo que los cuentos se iban quedando, poco a poco, aprisionados en una bolsa de su habitación.

Los años pasaron y Lom se convirtió en un apuesto joven que decidió casarse con una guapa muchacha del pueblo. La noche de antes de la boda, el viejo criado oyó unos extraños murmullos que procedían de la habitación de Lom y, asustado, decidió acercarse y escuchar.

Los ruidos venían de la bolsa de los cuentos, que charlaban entre ellos y se lamentaban. «Mañana se casa y nosotros seguimos aquí atrapados, no hay derecho», refunfuñaba un cuento.

«Debería habernos dejado salir», se quejaba otro. «Se lo haremos pagar caro», añadió un tercero. «Ya está, tengo un plan», dijo el primer cuento. «Cuando vaya mañana al pueblo por la boda, le entrará sed. Entonces yo me convertiré en un pozo y cuando beba de mi agua, le entrará un dolor de barriga espantoso».
«Vale», dijo el segundo cuento, «pero por si acaso no funciona, yo me convertiré en sandía. Si se la come, sufrirá un dolor de cabeza horrible».
«Pues yo me transformaré en serpiente y le morderé «, explicó el tercer cuento. «El dolor será tan fuerte que aullará como un lobo». Y los cuentos se rieron malévolamente mientras tramaban el plan.

El viejo criado estaba horrorizado por lo que había escuchado. «¿Qué hago yo ahora?», se preguntó a sí mismo. Y estuvo pensando toda la noche cómo salvar al joven Lom.

A la mañana siguiente, cuando Lom se disponía a coger su caballo y cabalgar hasta el pueblo de su amada, el criado salió apresurado de casa y le dijo que lo acompañaría.

Un par de horas después de haber comenzado el viaje llegaron a un pozo. «¡Alto!», gritó Lom. «Tengo sed», pero el anciano hizo seguir el caballo sin que se detuviera allí. Poco después llegaron a un campo repleto de sandías. «¡Para!», ordenó Lom. «Tengo mucha sed. Quiero una sandía». El criado no le hizo caso y siguieron adelante.

Llegaron al pueblo y durante la boda el criado se pasó todo el tiempo vigilando, pero no vio ninguna serpiente.

Al anochecer, los novios se dirigieron hacia su casa, bellamente adornada para la ocasión. De repente, el viejo criado entró en la habitación sin avisar. «¿Qué descaro es este?», exclamó Lom. Pero el anciano, sin mediar palabra, levantó la alfombra y descubrió la serpiente venenosa. La cogió por el cuello y la lanzó por la ventana.

«¿Cómo sabías que ahí había una serpiente?», le preguntó sorprendido Lom.
El criado le explicó toda la historia de los cuentos y sus malévolos planes por no querer compartirlos con nadie.

Desde aquel día, Lom decidió contar cada noche un cuento a su mujer, y así, poco a poco, los cuentos pudieron ir saliendo de la bolsa en la que estaban atrapados. Años más tarde, Lom se los contó también a sus hijos, y estos a los suyos, creando así una cadena que no se rompería nunca y que ha llegado hasta nuestros días.

Hoy en día se siguen contando. Lo sé muy bien, porque yo también los he escuchado y porque yo soy uno de esos cuentos apretujados en la bolsa.

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