Dado que es cada vez más usual la creación y mantenimiento de universidades de dudosa calidad – públicas o privadas – se ha creado y difundido el concepto de educación de buena calidad, como la meta que debe ser tenida en cuenta por los gobiernos – y por las sociedades en su conjunto – en materia de educación. Esto es válido para la educación primaria, secundaria y universitaria, pero vamos a referirnos en este artículo particularmente a esta última.

Una universidad es buena, fundamentalmente, cuando son buenos sus profesores, cuando son buenos sus estudiantes y cuando son buenos los programas o los proyectos  que ambos llevan adelante durante los años de enseñanza y aprendizaje. También influye la calidad de la estructura administrativa, la infraestructura de bibliotecas, salas de computación,  instalaciones deportivas, áreas sociales, etc. Pero lo fundamental, a nuestro juicio, es que se seleccione y se potencie la calidad de los profesores y de los  estudiantes y que los programas de estudio sean apropiados para la transmisión y creación de conocimientos que se pretende debe llevarse adelante en una universidad

En lo que respecta a los alumnos, si estos tienen serias deficiencias en su formación estudiantil previa, es decir, si tienen mala base, la universidad tendrá que avanzar más lento en sus  procesos de enseñanza y aprendizaje, so pena de que el  alumno no entienda los contenidos de las  diferentes materias, o que salgan masiva y reiteradamente reprobados. También el problema se puede solucionar por la vía de recortar los contenidos o hacer cada vez más fáciles los mecanismos de evaluación, opciones todas estas que terminan por mermar la calidad profesional de los futuros egresados.  Que los alumnos tengan una buena base se suele resumir en tres ingredientes fundamentales: buena comprensión lectora, buena capacidad de redactar y buen manejo de la lógica matemática. Lo demás lo puede adquirir en el seno de la propia universidad, pero el déficit en estas áreas genera graves limitaciones en la capacidad del alumno para desempeñarse en cualquier disciplina universitaria.

En lo que respecta a los profesores, la buena calidad de éstos se relaciona, con  su formación académica previa y con su actualización permanente. En lo que se refiere a la formación académica, es imprescindible hoy en día tener el status académico de maestría y/o de doctor para ejercer la docencia universitaria. Si el grueso de los profesores de una universidad no tiene el nivel propio de esos grados académicos, el nivel académico del conjunto de la universidad será pobre, en relación a las universidades en que un alto porcentaje de sus docentes son master o doctores. En lo que se refiere a la actualización o perfeccionamiento permanente – para evitar que estén durante décadas dando clases con los mismos apuntes ya envejecidos – es necesario que los profesores realicen investigación. Es decir, que parte de su jornada laboral esté dedicada  a la investigación, con el mismo o superior status que las horas dedicadas a la docencia en aula. Pero para que el docente pueda realizar investigación se necesita que sea profesor a jornada exclusiva o por lo menos a jornada completa en el seno de la universidad. Y para que sea profesor con ese tipo de relación laboral con la universidad se necesita que la universidad tenga el presupuesto como para retenerlo en la misma. Bajos presupuestos universitarios conducen inevitablemente a contar solo con profesores a contrata para el dictado de un curso determinado, con remuneración de acuerdo al número de horas que esa actividad necesita. Pero se trata, por lo general, en estos casos, de personal que no está inserto en la actividad investigativa, y cuya actualización académica y científica queda librada a los ratos libres que le permite su actividad profesional extra universitaria.

Situaciones de esta última naturaleza se pueden producir tanto porque las universidades en cuestión son empresas privadas que buscan rentabilidad y,  por lo tanto, los mínimos costos, y/o porque se trata de universidades públicas que carecen de los presupuestos necesarios como para cobijar en su seno la investigación y la docencia. Ambos tipos de universidad abundan – desgraciadamente más de la cuenta – en el paisaje universitario venezolano.

Fuente: Tal Cual

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