Al Comité Internacional de la Cruz Roja se le suele denominar, impropiamente, como  Cruz Roja Internacional.  En realidad este último organismo no existe. Lo que existe es el Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR,  que se corresponde con la Cruz Roja Suiza, a la cual se le encomiendan las misiones de carácter internacional y humanitario que entran dentro del ámbito de acción de este organismo extendido prácticamente por todas partes del mundo.

El que suscribe este artículo estuvo preso en Chile -por sus ideas políticas y por su participación previa en el Gobierno de Salvado Allende- durante la dictadura de Augusto Pinochet. Eso implicó que fuera a dar con mis huesos a un campo de prisioneros que se estableció en el medio del desierto de Atacama, lugar desolado e inhóspito que tenía -desde el punto de vista de los militare de ese entonces – la ventaja de que nadie podía intentar escapar de allí- por la imposibilidad de atravesar el desierto e intentar llegar a alguno de los distantes  centros poblados -y además, porque se suponía que estaba suficientemente fuera de la visión del resto de los chilenos y del mundo.

En ese  sitio -el campo de prisioneros de Chacabuco- fuimos, sin embargo, visitados en algún momento del año 1974 por una delegación del Comité Internacional de Cruz Roja, debidamente autorizada por la dictadura para visitarnos y para entrevistarse libremente con los que estábamos allí detenidos.  Eso implicó para  el conjunto de los prisioneros que allí estábamos no solo que un organismo de alta solvencia técnica y moral certificara nuestro estado de salud –lo cual desde luego tenía altísima importancia-  sino que también, y por sobre todo, que certificara que existíamos y que estábamos vivos en el día y lugar de la visita del CICR. Eso impedía en lo inmediato  que la dictadura nos hiciera desaparecer o que negara habernos  detenido.  Era en la práctica, un certificado, y en alguna medida una garantía, de sobrevivencia.

Era poco en realidad lo que el CICR podía hacer, en concreto, por modificar el status jurídico de nuestra detención, ni tampoco por modificar las condiciones materiales de sobrevivencia en ese campo de prisioneros. Pero la visita y la presencia de la CICR, significó un tremendo aliciente moral para los cientos de prisioneros que allí nos encontrábamos.  Significaba que el mundo estaba atento a nuestra situación, que no estábamos solos, y que la institucionalidad mundial en materia de derechos humanos hacia cuanto podía por nosotros. 

Como sabíamos que tarde o temprano esa visita tendría lugar, teníamos preparado un informe pormenorizado de la situación médica o de salud de cada prisionero, elaborada de acuerdo a patrones internacionales por los mismos  médicos que formaban parte de los detenidos.  También se le informó al CICR sobre las condiciones de alimentación, habitación, hacinamiento, régimen interno y condiciones de atención  sanitaria de los prisioneros, en caso de enfermedades que ameritaran tratamiento clínico u hospitalario. La vista del CICR se convirtió así en una ventana para que el mundo conociera de nosotros y de nuestra situación. Quienes allí estuvimos  guardamos hasta el día de hoy, en nuestros corazones, un sentimiento de gratitud y de simpatía hacia el CICR, valoramos su accionar en todas partes del mundo y hacemos lo posible para que su presencia y su accionar no se vean limitada, en ningún rincón del planeta.  

La mayoría de los que hemos pasado por experiencias de esa naturaleza, somos los principales  impulsores de un mundo en que nadie sea detenido sin cargos concretos y sin el debido proceso. Creemos que  cualquiera que sea el país en el que nos encontremos, es necesario luchar por un mundo en que ese tipo de prácticas esté totalmente erradicado. Para ello, ayuda que toda la legislación y  el accionar de los gobiernos, organismos e instituciones nacionales e internacionales esté al servicio de prevenir, supervisar y combatir las prácticas de la detención arbitraria y/o por razones políticas, en cualquier país donde eventualmente se den esas situaciones.   Y en ese campo el Comité Internacional de la Cruz Roja tiene un limpio e impecable prestigio. 

Quienes se oponen a su presencia y su accionar,  en Venezuela o en cualquier otro país del mundo, se colocan en contra del sentir internacional  y en una posición más opresiva y menos transparente que la propia dictadura de Pinochet, lo cual es bastante decir.

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