En estos días leyendo un artículo escrito por Carlos Alberto Montaner acerca de la corrupción y sus enormes daños, me alenté a escribir de nuevo acerca de lo perversa que es la corrupción. Este  afirma que, según Transparencia Internacional,  la corrupción en Venezuela  es  de marca mayor y que la de Argentina no anda muy lejos; pero, a juzgar por lo que actualmente acontece en Chile, Brasil, Cuba y Méjico parece un mal endémico hispanoamericano. ¨El continente, con pocas excepciones, es una pocilga¨

Cabe destacar, que cuando a los venezolanos se les pregunta acerca de cuáles son los principales problemas que confronta, la corrupción no es considerada un problema importante para nuestra sociedad, apenas un  5% lo considera como un problema grave. Es decir, que los presuntos niveles de corrupción  de conocimiento público que invaden las primeras páginas de los medios, pareciera no ser importante para la gran mayoría de la población.

Según Montaner, la corrupción sin castigo provoca daños que suelen ser devastadores. En primer lugar, pudre la premisa esencial del Estado de Derecho negando el principio que todos estamos sujetos a la autoridad de la ley. Si los políticos o funcionarios roban impunemente o cobran comisiones por otorgar favores, ¿cómo es que se pretende que el ciudadano común deba pagar impuestos?, ¿Qué no mienta, no haga trampas y que los empresarios lleven doble contabilidad o sean especuladores?

Si desfalcar el Tesoro nacional es un delito de corrupción, pero  si éste queda impune, ¿por qué no asaltar un banco o por qué no vender y traficar droga? ¿no será esa impunidad una de las causas de los niveles delincuenciales a los que se enfrenta la sociedad venezolana en su  día a día? 

En segundo lugar, la impunidad en la corrupción, adultera  y encarece todo el proceso económico. En una economía de mercado, se parte del principio que los bienes y servicios compiten en precio y calidad y que es el consumidor final quien favorece a la empresa ganadora con su decisión. Cuando los favores del político o funcionario favorecen a una empresa por efecto de la comisión que reciben, el perdedor es el consumidor quien debe pagar un precio mayor, dado que el costo de la comisión es trasladado al precio final. Otro factor  lamentable para la sociedad, es que la corrupción elimina los incentivos para innovar y competir con mejor calidad en su oferta, reduciendo la productividad que es la base del crecimiento. No hay razón para ser más eficiente y más productivo, si se tiene a una clientela cautiva. Las empresas venezolanas, en muchos casos, son las distorsionadoras del mercado pactando entre ellas para aumentar los precios; es decir, cartelizándolos. Eso también es corrupción.

Finalmente se destaca como daño letal que ocasiona la corrupción,  el destrozo a la estructura ideal o esperada de la meritocracia de la sociedad. La corrupción debilita los deseos de estudiar y frena el impulso de los emprendedores. En las sociedades corruptas lo que se valora son las conexiones personales; el que tiene amigos, familiares políticos o funcionarios enchufados, ¨tiene mucho futuro¨. ¿Qué sentido tiene hacer grandes esfuerzos estudiando cuando, para enriquecerse, basta con ponerle  a un funcionario su comisión donde él diga?  En otras palabras, el triunfo económico es la resultante de la combinación entre las conexiones personales y la falta de escrúpulos.

Para cerrar y confirmar por qué la preocupación acerca de la corrupción, es que según el informe presentado por encargo de la Junta de Transparencia y Ética Pública (JUTEP), basado en el estudio de Transparencia Internacional y el del Banco Mundial, de los países que integran el Mercosur, Venezuela es percibida como la más corrupta.

Es sabido que la corrupción es una tendencia presente en la especie humana, pero no es una buena excusa; se combate y se derrota, o estaremos condenados a que nos devore. De manera, que no es posible quedarnos de brazos cruzados y permitir  que acabe con el sistema político, económico y con los valores morales que antes nos acompañaban.

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