La ilustración que acompaña a este artículo es una obra del pintor impresionista Emilio Boggio; pertenece a la colección de la Galería de Arte Nacional de Caracas.

Fuera del mundo artístico, Boggio es un pintor caraqueño menos conocido por los venezolanos que Arturo Michelena o Martín Tovar y Tovar, a pesar de ser un artista de primera línea que vivió en los mismos tiempos que ellos y actuó en los mismos escenarios. Tal vez ello se deba a que Michelena y Tovar y Tovar están indeleblemente ligados a nuestra historia a través de sus obras de arte; desde niños hemos visto en los textos escolares el cuadro “Miranda en la Carraca”, del primero, o “Firma del Acta de la Independencia”, del segundo.

Son cuadros de carácter histórico, pertenecientes a la pintura académica. Los de Boggio, en cambio, no tienen ese carácter ni pertenecen a esa rama de la pintura; por lo general, tienen por tema el paisaje, y pertenecen a la pintura impresionista.

Se recordará que el Impresionismo fue un movimiento pictórico nacido en Francia en el siglo XIX, como una reacción en contra de la pintura académica. Ésta, como “Miranda en la Carraca”, era y es una pintura hecha en el taller, con personajes y objetos muy bien acabados, como en las fotografías. La pintura impresionista, en cambio, surgió como una actividad hecha al aire libre, en donde lo más importante era la impresión que el paisaje causaba en el artista, más que la representación fideligna de ese paisaje. Por esto, en un cuadro impresionista, los objetos y personajes no están mayormente acabados, y el impacto que los colores y los contrastes hacen sobre el artista, produce obras coloristas y luminosas. Un ejemplo de ello es el cuadro que acompaña a este artículo. Por lo demás, la pintura impresionista no es ni mejor ni peor que la académica; es, simplemente, otra forma de expresión.

Emilio Boggio nació en Caracas en 1857 del seno de una familia económicamente próspera dedicada al comercio. Su padre era italiano y su madre venezolana, pero de descendencia francesa. Cuando Boggio tenía cinco años, sus padres deciden irse a Francia, desde donde podrían manejar mejor sus negocios. De este modo, el niño comienza su instrucción en ese país; sus padres esperaban convertirlo, algún día, en comerciante, para que se involucrara en el manejo de los negocios de la familia. Fue así como cuando arriba a los dieciséis años de edad ellos lo envían de vuelta a Caracas, para que empezara su entrenamiento como comerciante. Y a esta actividad se dedica por 4 años, como dependiente de un negocio de telas. Pero, a los efectos de su formación como comerciante, es poco lo que se logra; el joven no tiene aptitudes para el oficio, siendo, más bien, introvertido, meditativo y amante de la lectura.

La estadía en Caracas dura hasta sus veinte años, cuando contrae fiebre tifoidea, y sus padres lo hacen regresar a Francia, donde, todavía, con la idea de involucrarlo en sus negocios, le hacen tomar dos años de cursos de comercio en contra de su voluntad. En 1878, a los veintiún años de edad, mientras asistía a la “Exposición Universal” en Paris, que era una muestra de la pintura francesa y de otros sitios, Boggio siente que su vocación está en el mundo del arte. Fue así como se inscribió en un instituto de pintura llamado “Academia Julián”, la misma en donde, siete años más tarde, se inscribiría Arturo Michelena, procedente de Venezuela.

Antes de cumplir los treinta años ya Boggio es un artista, y, después de los treinta, recibe algunos reconocimientos en los mismos escenarios parisinos en que Arturo Michelena participaba. A los treinta y siete años se hace ciudadano francés.

En 1919 Boggio, ya sexagenario, hace un viaje de negocios a Venezuela, y aprovecha para hacer una exposición en Caracas. Su estadía, de varios meses, fue enormemente positiva para los jóvenes pintores que se formaban en Caracas, como Reverón, Cabré, Brandt, Castillo y otros, quienes recibieron orientaciones y estímulos de Boggio. Estos jóvenes pintores trataban de liberarse, entonces, de la pintura tradicional académica, pues apenas empezaban a llegar a Venezuela desde Europa las corrientes impresionistas. De allí el impacto que tuvo la visita de Boggio, un impresionista experimentado y premiado venido directamente de Francia.

Por lo demás, quiso el destino que Venezuela conociera, de primera mano, el mundo de Boggio y su pintura: al año siguiente, 1920, ya de vuelta en Francia, muere.

Si el lector me lo permite, le recomiendo ver pinturas originales de Boggio; visite, entre otros sitios, la Galería de Arte Nacional de Caracas. Son cuadros magistralmente coloristas, luminosos, bellos, con el personalísimo estilo que su autor supo imprimirles. Inducen en uno gozo y armonía; tal vez el gozo y la armonía que experimentaba su creador al pintarlos en el campo, al aire libre, lejos de lo mundano.
 
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