La empresa venezolana: Una perspectiva socioeconómica

¿Es posible construir una visión distinta de la empresa?¿Es necesario hacerlo? ¿Existe alguna relación entre la sociología y la economía?, o por el contrario, se trata de dominios autónomos que operan de manera independiente y regidos por criterios radicalmente distintos. Estas interrogantes están entre nosotros y nos apresuramos a responder con un sí rotundo.

Es posible y necesario elaborar una perspectiva más integral de la empresa. Estoy persuadido, y así lo respaldan nuestros estudios contenidos en los dos Observatorios de la PYME en Venezuela (2001) y (2004), de la necesidad de construir una nueva relación entre las distintas ciencias sociales para las cuales las organizaciones constituyen su objeto de estudio. No se trata de arrebatar espacios, en apariencia exclusivos, sino de superar las borrosas fronteras que han construido las distintas disciplinas científicas y que tanto perjudican la comprensión y análisis de las organizaciones. Lo que se pretende es resaltar la necesidad de articular las teorías sobre el mercado, el estado y la sociedad que subyacen al análisis de las organizaciones y empresas.

La perspectiva socioeconómica de las organizaciones asume, como punto de partida, la clara insuficiencia del modelo de racionalidad económica, para explicar el desempeño de las organizaciones y empresas. La explicación de las decisiones empresariales, a partir del modelo de racionalidad económica o de su derivado, la relación costo beneficio, es excesivamente parcial, por decir lo menos. Las redes sociales, las emociones, la familia, las decisiones afectivas e incluso la confrontación y la retaliación, son parte integral del proceso de toma de decisiones. A éllo se añade las limitaciones cognitivas, la complejidad creciente que provoca y agrega incertidumbre, todo lo cual hace obvias las debilidades estructurales del modelo de racionalidad económica.

Una adecuada caracterización de la empresa venezolana, exige la inclusión de dimensiones como la desconfianza, el desconocimiento y la desinformación, el hábito y la costumbre en las relaciones institucionales, la ausencia de planes de negocio, la conformación familiar de la organización, el trabajo con redes formales e informales, la selección de proveedores, no necesariamente en base a la relación costo beneficio, y un extenso etcétera. Tales aspectos, que son fundamentales para la empresa, se sitúan en un ámbito distinto al de la racionalidad económica.

La socioeconomía también postula la visión de la empresa como un dispositivo socioeconómico, es decir, que las empresas y organizaciones, además de producir bienes y servicios que satisfacen las necesidades sociales, son al mismo tiempo, espacios de relaciones sociales, de relaciones simbólicas y culturales, que están sometidas a dinámicas sociales y políticas, tanto en su interior como en su relación con el contexto del que forma parte y el cual contribuye a crear.

Lo anterior nos permite conectar con uno de los fundamentos del paradigma que se propone: las organizaciones y empresas, utilizando las palabras de Polanyi, posteriormente ampliadas y profundizadas por Granovetter, están incrustadas en un contexto social más amplio y, en consecuencia, no pueden ser explicadas fuera del mismo. Por tal razón, abordar la empresa exige de una más amplia teoría de lo social, con lo cual resulta obvia la relación entre sociología y economía.

Conceptualizar a la empresa simplemente, como un dispositivo orientado exclusivamente por el afán de lucro del empresario, egoísta y mefistofélico, no solamente impide comprender las relaciones sociales a su interior, las limitaciones de la racionalidad, el conflicto, la cultura y el poder, sino que además niega la posibilidad de la ética y la responsabilidad social de las organizaciones. Para algunos, esta relación está negada de plano, no existe la posibilidad de que la empresa pueda mantener una actitud ética. En la negación de esta relación, se dan la mano y se encuentran compartiendo un espacio común, los detractores y los defensores de la empresa. En ambos casos se asume que el único objetivo que puede perseguir la empresa en su sano juicio, es el de obtener una mayor rentabilidad.

Sostenemos, por el contrario, que la dimensión moral y ética es un hecho constitutivo de la actividad de las organizaciones y empresas, tanto como lo es del ser humano y, su exclusión o negación, sólo conduce a una inacabada comprensión de la realidad de las organizaciones. No es posible reducir la actividad socioeconómica y los procesos decisorios a la información técnica libre de valores. Las personas, y entre éllas, los empresarios, no lo están, eligen en virtud de emociones, de juicios de valor y hábitos aprendidos, tal y como lo señalara hace ya algún tiempo Max Weber, en relación a los tipos de acción que es posible identificar en la realidad.

Lo dicho nos permite establecer una nueva relación con el concepto de productividad. Postulamos una perspectiva más amplia e integral de la productividad, que incorpora los aspectos de las relaciones de cooperación entre empresas, entre empleados y empresarios, el impacto ambiental que produce el proceso productivo y el contexto sociocultural e institucional en el que operan las empresas, todos ellos temas sustantivos en el marco de un enfoque de desarrollo sostenible.

Llegados a este punto, creemos que es posible proponer la necesidad de estimular y reanimar un debate, que consideramos crucial, por las consecuencias que de él derivan, para el análisis de la empresa, para el desarrollo de la productividad, para el desarrollo de la ética empresarial y en torno a la necesidad de establecer una nueva relación sociedad-empresa en Venezuela.

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