Soledad Morillo Belloso – Más allá de las babosadas que corrían por las redes, no es cierto que  las fuerzas de unidad contabilizan hoy 112 de los 167 escaños en la nueva legislatura de la AN gracias a la intervención mágica y protectora del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.

Se dijo hasta el hartazgo que no sería posible desconocer un triunfo si éste ocurría por abrumadora mayoría de votos. Así, otorgarle a los  uniformados un carácter de gran tutor es, además de una soberana memez, pretender dar a un electorado que se cuenta en millones un carácter de súbditos de una casta de guerreros. Con semejante alud de  votos se hizo palpable lo que en Ciencias Políticas se conoce como la”imposibilidad del desconocimiento”.

El 6 de diciembre votó el pueblo y decidió el pueblo. Y a los demás no les quedó de otra que acatar, so riesgo de enfrentar una rabieta popular gigantesca que no hubiera dejado títere con cabeza. Esa es la verdad.

La reacción del Gobierno y de los liderazgos revolucionarios perdedores ha sido, por ahora, histérica, hormonal y muy distanciada de lo que sus propios electores han manifestado. El pueblo que votó rojo aceptó los resultados sin alboroto. Sin tragedia. Con hidalguía. Y no entiende hoy la sarta de sandeces que escucha de los liderazgos rojos perdedores, que han llegado al exabrupto de echarle la culpa al pueblo de lo ocurrido. En pocas palabras, el liderazgo rojo no sólo no entiende a los millones que no votaron por ellos sino que regaña y atiza la rabia que siente en sus electores. El mea culpa brilla por su ausencia. El histerismo los ha tomado de su cuenta y la revuelca en un guión de telenovela barata.

Lo anterior obliga a los 112 diputados de la unidad a entender que son diputados de la Nación, del país entero, de todos los venezolanos, no de una parcialidad. Deben lo mejor de sí mismos y de su gestión a los venezolanos de toda tendencia política. Hacer lo contrario u olvidar a quienes no votaron por ellos sería repetir el ánimo horripilantemente sectario y anti democrático que ha privado en la AN por estos largos años de escupitajos, golpes, y vergüenza.

La Constitución es muy clara respecto de las competencias y facultades de la AN. Si el mandato de la Carta Magna se cumple a cabalidad, prolijamente, con decencia, con honestidad, con inteligencia y con respeto, la democracia venezolana y la Nación, como un todo indivisible, se habrá salvado de la terrible enfermedad del autoritarismo que nos condujo a este lamentable estado de las cosas, a  esta debacle económica, a esta anorexia de desarrollo. El pueblo habló, clara y nítidamente. Con una mayoría calificada de dos tercios, cualquier politólogo puede explicar en breves líneas que el poder legislativo nacional se ha convertido en un “primus entre pares”. Eso lo hace ciertamente más poderoso y, por ende, más responsable. Lo que se ha escuchado de los diputados electos que conformarán la nueva mayoría ha sido, para fortuna de la ciudadanía venezolana en su conjunto, un discurso cargado de sensatez y deseo de trabajar con denuedo por el rescate de Venezuela y la reconciliación.

Por eso el país está en calma. Por eso el país hace oídos sordos a la retórica de los liderazgos perdedores en esta contienda.

Venezuela votó por el cambio. Quiere cambio. Lo necesita. Es un mandato. Nadie lo puede desobedecer.

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