Los efectos ocultos de la inflación

En la creencia de que es conveniente para nuestros lectores y la sociedad en general que se conozca  más acerca del significado de la inflación, hemos revisado algunos documentos que nos dejan ver no solo el hecho que cuando hablamos de inflación se hace referencia al aumento generalizado de los precios y la pérdida del poder de compra de la ciudadanía, sino de otros aspectos que son más perniciosos pero que no son perceptibles directamente.

Los efectos que generan los procesos inflacionarios, son más dañinos de lo que nos podamos imaginar. La inflación, especialmente cuando alcanza cierta magnitud y permanencia, ocasiona no sólo nocivos efectos económicos sino también, inevitablemente, profundas consecuencias sociales que afectan el modo de vida y los hábitos cotidianos de las personas.

Además de la pérdida del poder de compra, ocurrirá entonces que los créditos a largo plazo virtualmente desaparecerán: ¿quién puede arriesgarse a suponer lo que sucederá con el dinero que presta dentro de tres, cinco o veinte años, si las tasas de inflación son muy elevadas, ¿Quién, por otra parte, podrá pagar las enormes sumas que representarían los intereses que, para que el acreedor no pierda, tendrían que fijarse?

Por eso, ante la instauración  de los altos niveles de inflación en Venezuela, el crédito tiende a desaparecer. Los primeros afectados son los jóvenes, que no encuentran ya la forma de comprar vivienda, pues los préstamos hipotecarios a largo plazo no sobreviven normalmente inflaciones superiores al 20 ó 30% anual. Así mismo, si la inflación aumenta o fluctúa demasiado, se ven afectadas las ventas de automóviles a plazos, los artículos electrodomésticos y hasta transacciones mucho más pequeñas. La inflación castiga entonces especialmente a quienes poseen una situación más precaria, a las personas que se ven precisadas a acudir al crédito como un modo de satisfacer sus necesidades básicas.

Ante los cambios inflacionarios nadie será capaz de pronosticar con exactitud a cuánto habrá de ascender la inflación en el futuro: lo normal es que se tengan expectativas que se basen, como es lógico, en la tendencia que hayan mostrado los últimos meses, aunque esto de ningún modo puede considerarse como una previsión exacta y confiable; menos, si se retarda la información oficial al respecto, que hace pensar que sería más alta de la que se divulga.

En tal situación la economía se verá seriamente afectada por la incertidumbre: nadie podrá conocer con precisión si está ganando o perdiendo dinero con una transacción a futuro. Quienes prestan dinero tratarán, cuando es posible, de subir los intereses, para cubrirse de efectos imprevistos; quienes lo toman prestado tratarán de evitar ese costo pero, naturalmente, será difícil para estos últimos  fijar las condiciones del mercado.

Además de los deudores y acreedores no debemos olvidar un actor fundamental en tiempos de inflación: el gobierno. Quien la mayoría de las veces con su ineficaz actuación son los generadores de la inflación debido a que  gastan más de lo que reciben. No extrañará entonces que los gobiernos, cuando se llega a una situación inflacionaria, se encuentren por lo general fuertemente endeudados, con compromisos que no pueden satisfacer y una larga lista de peticiones incumplidas.

No obstante, para el sector público, la pérdida del valor de la moneda actúa como un alivio ante situaciones financieras difíciles de manejar. Al estimular la inflación sus deudas se hacen, en realidad, muchos menores, pues los empleados a su servicio y los proveedores que lo surten recibirán una suma nominalmente igual pero de reducido valor real.  La deuda externa, que se paga en divisas, no se ve afectada por la inflación salvo en el sentido de que su valor en moneda nacional crece cuando ésta se devalúa.

Y así como ocurre con los empleados públicos sucederá, en mayor o menor medida, con todas aquellas personas que reciben remuneraciones fijas. Como los sueldos y salarios se pactan en contratos colectivos que se realizan bastante esporádicamente – cada año, por ejemplo- pero como los precios, impulsados por el proceso que estamos comentando, crecen en realidad todos los días, las remuneraciones de los trabajadores van quedándose rezagadas con respecto a la inflación. Y aun cuando éstas se indexaran completamente –se convertirían en otro factor que estimula o acelera la inflación- el simple hecho de que los sueldos no se actualizan con la velocidad que lo hacen los otros precios produciría una pérdida de ingreso real a lo largo del año. Piense entonces, en los aumentos que se han suscitado en el transcurso de este año.

Claro está, no todos los trabajadores sufrirán del mismo modo por la inflación. Aquéllos que cuentan con sindicatos poderosos o que pueden ejercer presiones políticas eficaces podrán actualizar más velozmente y en mayor proporción sus salarios. El personal directivo de las empresas, que negocia directamente sus remuneraciones, podrá también hacerlas subir con mayor flexibilidad. Pero todos, sin excepción, desde el gerente general de una gran industria hasta la empleada doméstica que discute con su patrona mes a mes su paga, sufrirán en definitiva una pérdida en sus ingresos, pues nunca estarán en condiciones de seguir la marcha incontrolada de los precios.

En el último lugar de la escala estarán, sin duda alguna, ¨los pensionados y jubilados¨. Ellos no cuentan por lo general con organizaciones capaces de presionar eficazmente en favor de sus demandas, no tienen mayor peso político y no están en condiciones, obviamente, de apelar al clásico recurso de la huelga. Es típico que en todos los países con inflación alta una buena parte de la población pasiva vea reducir sus ingresos reales hasta el punto de llegar prácticamente a la indigencia.

En la misma situación de desamparo se encontrarán, cuando la inflación se hace intensa, todos aquellos que han ahorrado a lo largo de su vida para poder tener rentas con que vivir en su vejez. Estas personas dependen, por lo general, de los intereses que ofrecen los bancos o de los alquileres que reciben por los inmuebles que hayan comprado. Pero las tasas de interés generalmente no pueden seguir el ritmo de la inflación (porque los bancos tendrían que conseguir quién quisiera recibir dinero prestado a intereses aún mayores, y esto se hace verdaderamente imposible más allá de cierto límite) y los alquileres –que muchos gobiernos ven unilateralmente como un problema social de los inquilinos y no de los propietarios- resultan difíciles de modificar en el corto plazo.

Por todo esto podemos decir que la inflación, insidiosamente, golpea mucho más a las personas de avanzada edad, a quienes no tienen ya recursos para seguir generando ingresos como lo hicieran antes.

La inflación como tal, significa entonces una transferencia de recursos económicos que van de los ciudadanos al Gobierno. Pero se trata de un impuesto que tiene dos características completamente negativas: i) la primera es que recae sobre los económicamente más débiles,  por lo que genera un aumento, a veces muy considerable, de las desigualdades sociales y; ii) que actúa como un impuesto inconsulto que no discute con los agentes económico, pero que al aumentar la liquidez monetaria los gobiernos obtienen, sin pagar y casi sin ningún costo político, los mismos recursos que les proporcionaría un implacable impuesto. Sus deudas reales se reducen y aparecen además inyectando dinero a la economía, reactivándola, aunque esta reactivación sea de muy corto alcance y profundice de hecho las dificultades económicas de todos.

El hecho de que la inflación opere como un impuesto inconsulto tiene además, aunque no se lo perciba al principio, otra consecuencia nefasta: el Estado de Derecho comienza a erosionarse. El Estado aplica impuestos subrepticios ante los cuales no hay discusión ni defensa posible. La posición de cada uno en la sociedad se va definiendo entonces por las medidas que toman algunos funcionarios que nadie conoce, que deciden por los demás, y que en definitiva crean una profunda incertidumbre acerca del futuro. No extrañará entonces que los lazos entre el mundo político y la sociedad civil comiencen a hacerse más laxos, que aumente la distancia entre gobernantes y gobernados, que las propias leyes empiecen a perder importancia frente a decisiones arbitrarias de tanta trascendencia.

Como la inflación significa una disminución de los ingresos reales, el ahorro de los ciudadanos se reduce: ya no hay tantos recursos económicos que podamos apartar para el futuro pues una proporción cada vez mayor de los ingresos debe gastarse en asegurar, simplemente, la supervivencia. Claro está, esto no abarcará a todos los agentes económicos: muchos podrán todavía mantener una cierta capacidad de ahorro aún en tiempos inflacionarios, pero, al correr del tiempo, una buena parte de ellos comprenderá que de nada vale ahorrar en la moneda local: ¿de qué servirá guardar en el banco nuestro dinero si allí lo único que hará será reducir continuamente su valor? Por eso más y más personas van ahorrando en cuentas en el extranjero, o invirtiendo en inmuebles, o simplemente dedicando sus recursos a consumir lo que van obteniendo. Como los sectores de más altos ingresos son los únicos que tienen la posibilidad de protegerse de la inflación mediante la compra de inmuebles o el ahorro en moneda extranjera, la inflación acentúa entonces las diferencias de ingresos preexistentes en la sociedad.

Cuando se reduce la capacidad de ahorro interno de un país las consecuencias económicas son graves pues del ahorro global proceden, directa o indirectamente, los fondos que las empresas destinan a la inversión productiva. Al reducirse la inversión las empresas se descapitalizan, no adquieren nueva tecnología, se van atrasando con respecto a las de otros países y, en síntesis, se reduce la productividad. El trabajo que realizan las personas, con menos capital y tecnología más atrasada, rinde entonces mucho menos, con lo que el producto que se obtiene también es menor.

Ello significa, desde el punto de vista social, que la gente comienza a empobrecerse, aunque trabaje más y más, porque su esfuerzo en esas condiciones rinde menores frutos.

Gracias a este proceso podemos comprender entonces por qué se empobrecieron tanto las economías latinoamericanas durante la década pasada, cuando estaban azotadas por la inflación, o por qué ha descendido de un modo tan pronunciado el nivel de vida de los venezolanos en los últimos años, cuando la inflación se instaló como un huésped permanente en nuestra economía.

Esperamos que con esta breve ilustración de los efectos perniciosos a los que ha sido sometida nuestra población como consecuencia del indiscutible manejo  ineficaz de la administración de nuestros  recursos, especialmente de los provenientes del petróleo, que las acciones como individuos y como familia  sean de un comportamiento comedido y diferente para enfrentar la situación inflacionaria que se nos avecina; así como también,  de elegir gobernantes honestos que tengan aprecio y quieran trabajar para hacer de la clase media y la de menos recursos, tan prospera como sea posible.

Este material ha sido redactado con información proveniente de la revisión documental proporcionada por el Libro  ¨Inflación que es y como eliminarla¨ de Hugo J. Faría y Carlos Sabino. Cedice 1997.

Nicholas Wapshott (2013). Keynes vs Hayek. ¨El choque que definió la economía moderna¨Deusto Barcelona.

Sachs – Larrain (2002). ¨Macroeconomía en la Economía Global. Pearson Mexico.

Dirección-E: anavarro@deproimca.com

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