Los gobiernos ganadores y perdedores en el combate al coronavirus

Una emergencia tiende a revelar el carácter real de los líderes nacionales, junto con el de los sistemas políticos que los crearon. Lo realmente excepcional de la pandemia de coronavirus es que enfrenta simultáneamente a muchos países con el mismo desafío brutal. Como resultado, estamos aprendiendo mucho sobre el estado de la gobernabilidad global.

En una categoría están los populistas democráticos, como el presidente estadounidense Donald Trump, el brasileño Jair Bolsonaro y el mexicano Andrés Manuel López Obrador. La respuesta de estos líderes a la propagación del nuevo coronavirus ha sido arrojar información errónea, minimizar la amenaza y esquivar la responsabilidad. Trump predijo que el virus “va a desaparecer… como un milagro”. Bolsonaro lo descartó como un “pequeño resfriado”. López Obrador dijo que no había razón para que la gente dejara de abrazarse y besarse, porque “no pasa nada”. Los tres se resistieron a tomar medidas para contener la propagación del virus o pidieron que se eliminaran rápidamente, aunque López Obrador y Trump cambiaron de postura durante el fin de semana.

¿El resultado? Los contagios han aumentado a un ritmo mucho más rápido en los Estados Unidos y Brasil que en los países asiáticos que tomaron la amenaza más en serio. En México, los casos están creciendo rápidamente. Con el abandono de los presidentes, la carga de la gobernanza ha recaído en las administraciones estatales y locales, creando confusión y competencia por los recursos.

Después están los Estados policiales, desde China y Rusia hasta Irán, Venezuela y Corea del Norte. Ellos también tienen tácticas comunes. Primero mienten sobre los números. Luego emplean medidas duras e intrusivas contra las personas y las comunidades infectadas. Retratan a los líderes como héroes conquistadores, y arrestan a cualquiera que ofrezca una historia diferente.

El manejo de la pandemia por parte del ruso Vladimir Putin ha sido tan predecible como la sesión de fotos que realizó con un traje de contención de color amarillo brillante (no se sabe si estaba con el pecho descubierto debajo). Afirmó que Rusia ha logrado mantener los casos de COVID-19 a un nivel notablemente bajo, incluso cuando los escépticos señalan que los casos reportados de “neumonía” aumentaron 37% en enero. Cuando un analista político afirmó que la cifra de muertos era mucho mayor de lo que se había informado, y comparó el manejo del brote con el encubrimiento del accidente nuclear de Chernobyl, se ordenó a la estación de radio que lo entrevistó que retirara la noticia como parte de “medidas para prevenir la propagación de información falsa”.

La misma historia sucedió en Wuhan y Caracas, donde los informes oficiales del número de casos parecen poco confiables y quienes cuentan una historia diferente son amenazados o arrestados. Pero el chino Xi Jinping y el venezolano Nicolás Maduro parecen transparentes en comparación con Kim Jong Un, de Corea del Norte, cuyo régimen afirma que su número de casos COVID-19 es… cero. Ni mencionar que Corea del Norte cerró sus fronteras, declaró (según informes) el estado de emergencia y puso a sus diplomáticos en cuarentena, o que, según informes de Corea del Sur, se están comercializando mascarillas en el mercado negro que son distribuidas a las élites.

Si se cree que los autócratas están diciendo la verdad, sus métodos han sido más efectivos para contener el virus que los de las democracias. Pero con la posible —y posiblemente temporal— excepción de China, eso no parece ser cierto. En cualquier caso, pocos les creen, ya sea en casa o en el extranjero.

Una tercera categoría de naciones son las democracias que han tomado la epidemia en serio pero que reaccionaron muy lentamente, en parte debido a las burocracias disfuncionales y los gobiernos afectados por la polarización política. Italia, víctima de años de gobierno populista irresponsable y ahora gobernada por una improbable coalición de populistas e izquierdistas, se ajusta a esa definición. También lo hace España, donde un gobierno minoritario débil surgió de dos rondas de elecciones no concluyentes el año pasado. A principios de esta semana, ocuparon el primer y segundo lugar en el número de muertes de COVID-19 en todo el mundo, muy por encima de los vecinos europeos con gobiernos más estables, como Alemania.

Entonces, ¿quiénes son los ganadores en esta prueba global de gobernabilidad? Un vistazo a las líneas de tendencia en el cuadro comparativo publicado por el periódico Financial Times lo deja muy claro. Corea del Sur, Singapur y Hong Kong tienen, por mucho, las trayectorias más planas de muertes, y eso no incluye a Taiwán, un país de 24 millones que hasta el lunes 30 había registrado 306 casos. El Distrito de Columbia, con 600,000 habitantes, tenía 405.

Todos esos gobiernos asiáticos tenían experiencia de primera mano con una epidemia anterior originada en China: el SARS. Sus gobiernos se apresuraron a tomar en serio el nuevo coronavirus; lejos de ignorar la amenaza, empujaron a sus ciudadanos a hacerse la prueba y a ponerse en cuarentena cuando los resultados fueron positivos. Las máscaras son ubicuas en las calles de sus ciudades, incluso entre las personas saludables.

La coerción, sin embargo, no ha sido necesaria para su éxito. Dos de los cuatro son democracias; los otros dos, Singapur y Hong Kong, son más libres que Rusia o China. Lo que muestran es que ni la grandilocuencia al estilo Trump ni la represión al estilo de Putin son efectivas contra el coronavirus, pero el sentido común y la competencia lo son.

Jackson Diehl

Deputy editorial page editor and columnist focusing on international affairs Washington Post

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

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