Pura Sabiduría

En mi opinión muy personal, los mejores maestros que existen, son esos que se disfrazan de niños y nos enseñan las cosas más hermosas, que tiempos no muy lejanos nosotros mismos habíamos aprendido; pero que conforme íbamos creciendo y convirtiéndonos en adultos, toda esa sabiduría acompañada de asombro fue desapareciendo, debido a que se nos fue enseñando, mediante las diferentes experiencias vividas, a comportarnos de acuerdo a cómo otras personas desearon que fuera; como por ejemplo: muchas veces se nos dijo que nos riéramos de esta u otra forma, que bajáramos la voz al hablar, que no dijéramos todo lo que pensábamos e incluso muchos aprendimos a mentir.

¿Alguna vez a usted le sucedió, que tocaron a la puerta de su casa y su papá o su mamá les dijo: «si me buscan, diga que no estoy»? Por supuesto que sí, al menos escuchamos algo muy similar. Estoy completamente de acuerdo en que hay que aprender a comportarnos, o sea aprender buenos modales. En lo que no estoy de acuerdo es en que tengamos que reprimirnos y adoptar posturas fingidas con tal de quedar bien con los demás.

La semana pasada visité a mi madre en Puerto Limón y fui con mi hermano menor y dos de sus hijos a la playa. Cuando estábamos deliciosamente relajados, recibiendo la agradable brisa marina bajo la sombra de una sombrilla, mi sobrinito Johnny, (que por cierto tiene el mismo nombre de su padre), de cinco años de edad, le preguntó a su padre que si siempre había que decir la verdad. Mi hermano se quedó unos segundos pensativo y le contestó que sí. Mi sobrino volvió a preguntar: «¿aunque uno sepa que lo van a castigar si dice la verdad?»; mi hermano le volvió a contestar que sí, que siempre hay que decir la verdad. Una vez que mi sobrino se fue a jugar con la arena, mi hermano me dijo: «que difícil, realmente la mayoría de los seres humanos, cuando nos vemos comprometidos, recurrimos muchas veces a la mentira. Aunque pensemos que son mentirillas piadosas, siguen siendo mentiras”.

Cuando estábamos almorzando, Johnny hijo, estaba juega que juega en la mesa y mi hermano le pidió que, por favor, se comportara bien; pero como no hacía caso, mi hermano recitó una oración religiosa, en señal de que estaba perdiendo la paciencia; mi sobrino lo volteó a ver y le dijo que con eso no se jugaba, que Dios se iba a enojar. Johnny padre le contestó que era cierto, que por favor lo perdonara, a lo que mi sobrino le contestó que no le pidiera perdón a él, que se lo pidiera a Dios, aunque él pensaba que para Dios eso no era importante.

¿Se imaginan? Un niño de cinco años diciéndole a su padre que Dios no se enojaba por todo, menos por trivialidades.

¡Qué excelente lección! ¡Maravillosa!. Ojalá nosotros pensáramos igual y dejáramos de hacer berrinches por pequeñeces y nos enfocáramos en las cosas que realmente valen la pena. Si pensáramos como niños, estoy segura que perdonar sería una de las cosas que haríamos con más naturalidad y menos dolor. Y lo más importante, nos permitiría vivir una vida más plena.

«De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como los niños, jamás entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el más importante en el Reino de los Cielos. Y cualquiera que en mi nombre reciba a un niño como éste, a mí me recibe”.Mateo 18, 3-5.

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