Al Gobierno le falla la forma de gerenciar

El modelo de gestión administrativa del Presidente Chávez no funciona hoy en día en ninguna parte del mundo.

El Presidente de la República Hugo Chávez Frías ha reconocido recientemente que los problemas eléctricos que sufre del país son una consecuencia del descuido de él y del Gobierno en esa materia. Reconocer culpas y errores siempre es positivo -por lo menos desde un punto de vista moral y político- sobre todo en un contexto cultural, donde que se usa con tanta frecuencia el descargar las culpas de cualquier fracaso sobre los hombros de responsables anteriores, o sobre las indómitas fuerzas de la naturaleza, frente a la cuales nada se puede hacer; o sobre diabólicas instancias exógenas que juegan al fracaso de cualquier iniciativa positiva que surja en cualquier parte del mundo.

Sin embargo, ese reconocimiento de culpa es sólo la mitad del problema y menos de la mitad de su solución. Pareciera deducirse de las palabras presidenciales que si el ciudadano Presidente hubiera tenido más tiempo disponible, o si no hubiera estado tan ocupado arreglando otros problemas nacionales o internacionales, o si por cualquier otra razón no se hubiera descuidado, como reconoce que lo hizo, entonces el problema nunca habría existido o se habría solucionado desde sus primeras manifestaciones. Todos los problemas grandes o chicos que enfrente el país, son solucionables por la vía de la adecuada atención por parte del ciudadano Presidente. Si él se descuida, surge el problema. Si él no se descuida, los problemas desaparecen. Él es la figura todopoderosa que todo lo soluciona, a menos, claro está, que sufra algún descuido.

No basta un buen Líder

Desgraciadamente, esa forma de gerenciar no funciona hoy en día en ninguna parte del mundo. Ni en las empresas, ni en las instituciones de cualquier tipo, ni mucho menos en los gobiernos. En ninguna escuela de administración o de gerencia, incluso de las dirigidas por autoridades universitarias totalmente afines al actual Gobierno, se enseña que el secreto del éxito radica en tener un buen líder, que piense en todo y por todos, y que los demás miembros de la empresa, se limiten a hacer lo que él diga. Esa era la forma fordista de gerenciar, que rindió buenos frutos hace 100 años atrás, pero que hoy en día, es el camino más seguro hacia el fracaso. Un buen gerente no es aquel que se mete en todo y toma todas las decisiones, sino aquel que fija los rumbos estratégicos de la institución –en la forma más consensuada posible- delega en los gerentes y autoridades intermedias, potencia y aprovecha el potencial y la creatividad de todos los miembros de la institución y controla los resultados. Si el gerente se mete en todo y toma todas las decisiones, acostumbra a todos los funcionarios de menor rango, a descansar en las decisiones que les vienen de arriba, y a no tomar a tiempo las decisiones que ellos estimarían necesarias y convenientes. Además, se les acostumbra a aprobar acríticamente las decisiones que les son transmitidas, aun cuando sepan que no son acertadas, pues se supone que ellos no están allí para opinar sino para acatar, obedecer y repetir.

Hay quienes suponen que esta forma de gerenciar, por la vía del ordenar y mandar, es una forma propia e intrínseca del mundo militar. En realidad, quien escribe estas líneas, no está muy convencido de ello. En el mundo militar, los estados mayores analizan diferentes cursos de acción, con sus pros y sus contras, y se los presentan a los comandantes correspondientes, los cuales pueden así tomar decisiones suficientemente informadas de carácter estratégico. Las cuestiones tácticas u operacionales, se delegan en los comandantes operacionales.

Inercia

La historia militar parece indicar, con bastante claridad, que cuando el comandante general se ha metido a dirigir desde lejos el curso de todas las operaciones tácticas, termina por anular a los comandantes operacionales, lo cual lleva a que se pierdan, a la larga, las batallas y las guerras. Por lo tanto, esta costumbre de meterse en todo, de no descuidar nada, es propia al parecer, sólo de algunos militares.
Si el aparato estatal se ha ya acostumbrado a la inercia, a no pensar, a no criticar, a obedecer ciegamente, a repetir lo que le digan, entonces indudablemente el descuido del que toma las decisiones genera estragos, como ha sucedido en el campo eléctrico nacional. Casi tantos estragos como si le prestara demasiada atención.

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