El Banco Central de Venezuela ha publicado recientemente -en sus folletos de divulgación económica y con la apariencia simple de un conocimiento o de un antecedente meramente  técnico– un texto en el cual se postula que la fuga de capitales no existe, o si existe, no tiene nada de malo ni de novedoso.  En estas breves reflexiones queremos dejar claramente establecido que ese fenómeno sí existe, y que es sumamente negativo para el común de los países donde se presenta.

La creación de valores o de riquezas –aun hasta el día de hoy, a pesar del fenómeno de la globalización- tiene lugar en forma mayoritaria dentro de las fronteras de un país. Eso quiere decir que es en el proceso de producción  y circulación de los capitales dentro de un estado nación determinado, donde los capitales crecen y se multiplican, y dan lugar a riquezas y fortunas. Esos capitales que circulan al interior de los espacios económicos nacionales se expresan en dinero local; es decir, en la moneda de cada país particular. También hay capitales –crecientes pero no mayoritarios- que tienen hoy en día al planeta Tierra en su conjunto, como espacio para su producción y reproducción, y que se expresan casi desde su nacimiento en una u otra de las monedas que fungen como dinero planetariamente aceptado como tal, es decir, dólares, euros o  yenes, fundamentalmente. Convertir capitales que se expresan en moneda nacional y que circulan en ese ámbito, en capitales que se expresan en divisas y que pueden circular, por ese hecho, en una órbita global, es uno de los problemas que tienen que ver con la fuga de capitales.

Hay países en que la conversión de capital nacional en capital internacional es un proceso simple y enteramente legal, regido por la tasa de cambio correspondiente. Cada individuo, dentro de las normas conocidas y no discriminatorias, puede participar libremente en ese proceso en los montos y ocasiones que lo estime conveniente. Las divisas que entran al país por concepto de exportaciones y de recepción de inversión extranjera, fundamentalmente, son suficientes para satisfacer las necesidades de divisas para efectos de importaciones, viajes y cualquier forma de depósitos en el exterior. Pero hay otros países en que este es un proceso altamente restringido y dosificado por parte de las  autoridades gubernamentales. Venezuela está hoy en día en esta última categoría, aun cuando estuvo por varias décadas en la primera. Como la creación de dinero dentro del espacio nacional es alta, y no guarda relación con la disponibilidad de divisas, no se puede dejar libremente que ese dinero local se convierta en dinero internacional, pues este último no es suficiente. Y entonces nace la posibilidad y el deseo de hacer esa conversión por vías ilícitas, que obviamente no dejan huellas claras y palpables en la balanza de pagos, pero que igual tiene  lugar por vías subterráneas, de las  cuales el Banco Central parece no tener la más mínima idea.

Veamos algunas vías posibles para llevar adelante esta conversión de capitales nacionales en capitales internacionales. La solicitud de dólares al Banco Central, para realizar una determinada importación, y no realizarla, o simularla, o gastar en esa compra un  monto mucho menor al indicado y dejar el resto en depósitos en el exterior, es una forma que puede asumir la fuga de capitales.  Es decir, la sobrefacturación. También es posible vender mercancías en el exterior, sin declarar esa exportación, o declarando un monto mucho menor al que efectivamente está en juego en esa operación. Es decir, la subfacturación, que puede asumir la forma extrema de la facturación cero, que es derechamente la fuga de mercancías hacia el exterior, dejando obviamente fuera del país el monto, en dólares, que corresponde a todo o parte del  valor de dichas mercancías. También la recepción  de comisiones ilícitas por parte de los funcionarios, que tienen la responsabilidad de decidir sobre licitaciones o compras de bienes y servicios que tienen un alto componente importado.  En este caso, todos los venezolanos terminan pagando más por esos servicios internacionales, y ese capital termina engrosando una cuenta en dólares para unos pocos vivos en bancos de Andorra o de Suiza. Eso también es fuga de capitales. O cuando alguien sale de un aeropuerto nacional con una maleta llena de dólares, aun cuando no se sepa exactamente el origen de los mismos, eso también es fuga de capitales.  Y esas formas de fuga de capitales, en un país en que el acceso a la divisa está altamente restringido, generan escasez de dólares, y por lo tanto dólares caros, para el resto de los mortales que busca acceder a la divisa por las vías legales.

El Banco Central de Venezuela, en vez de negar la existencia de la fuga de capitales, y hacer como el avestruz, debería centrar sus mejores esfuerzos en prevenir y reprimir ese fenómeno que tiene dimensiones y consecuencias dramáticas para la economía del país.

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