La Nueva Sicología del Liderazgo: Por qué Chávez está donde está (Parte 2 de 3)

Bases de una Visión para VENEZUELA

Una Venezuela sin pobres, progresista, con oportunidades y trabajo para todos, en un marco de libertad, justicia y respeto por las personas y las leyes; que nos brinde armonía, seguridad, paz y tranquilidad. Un país con salud mental y física; ético y con un nivel superior de educación, cultura y conciencia ciudadana; que nos inserte en el futuro creando felicidad, alegría y bienestar para todos.

La aparición de líderes que se apalanquen sobre la verdadera identidad del venezolano y tomen como bandera la unificación del país y la legítima inclusión de sus ciudadanos, sería una maravillosa contraparte para Chávez.

…Porque aquellos que desconocieron la identidad que aglutina una nación, como fue el caso de Luis XVI de Francia, literalmente perdieron la cabeza.

“Hoy sufrimos una tragedia nacional” anunció el presidente George W. Bush al dirigirse a la Nación por primera vez después de los ataques del 11 de septiembre de 2001. “Dos aviones se han estrellado contra el World Trade Center, en un aparente ataque terrorista hacia nuestro país.” Entonces Bush prometió: “Perseguir y encontrar a esos “tipos”, responsables de este hecho.” Estos comentarios hechos desde la Escuela Primaria Emma T. Booker en Sarasota, Florida, pueden no haber parecido extraordinarios, pero de manera sutil reflejan las habilidades de Bush como líder. Vista desde la perspectiva de la nueva y radical teoría de liderazgo, el mensaje de Bush el 11/9 contiene señales importantes de cómo el Presidente consolidó su poder político en sus primeros meses y años en el cargo. En el pasado, los estudiosos de liderazgo, consideraban carisma, inteligencia y otros rasgos de personalidad como la clave del liderazgo efectivo. Estos académicos coincidían en que, los buenos líderes, usan sus talentos natos para dominar a sus seguidores y decirles qué hacer, con el fin de inyectarles el entusiasmo y la voluntad de la que carecían, o forzarlos al cumplimiento. Estas teorías sugieren que aquellos líderes con suficiente carácter y voluntad triunfarán sobre cualquier realidad que confronten.

Por liderazgo queremos significar, la habilidad para moldear lo que los seguidores en realidad deseen hacer, no el acto de forzarlos al acatamiento, mediante el uso de recompensas o castigo. En años recientes, sin embargo, ha emergido una nueva imagen del liderazgo enfocada al desempeño del liderazgo. En esta visión alternativa, los líderes efectivos necesitan trabajar para comprender los valores y las opiniones de sus seguidores, en lugar de asumir una posición de autoridad absoluta, y además, fomentar un diálogo productivo con los seguidores acerca de lo que el grupo significa, representa y cómo debería actuar. Dado que un buen liderazgo depende de la cooperación y el respaldo de los integrantes, esta nueva sicología del liderazgo niega la noción de que el liderazgo es exclusivamente un proceso de arriba abajo. De hecho, más bien sugiere que, para lograr credibilidad entre sus seguidores, los líderes necesitan posicionarse a si mismos, como uno más del grupo, en lugar de sobre él. Con el uso de términos como: “esos tipos” y “cazaremos y encontraremos”, Bush logrò transmitir el 11 de septiembre la imagen de un típico americano, hablando en nombre de América.

De acuerdo a este nuevo enfoque, ningún conjunto de características de personalidad asegura un buen liderazgo, porque las características más deseables dependen de la naturaleza del grupo que se lidera. Los líderes pueden, incluso, escoger las características que ellos desean proyectar a sus seguidores. No es por accidente, entonces, que Bush luzca a los americanos como una persona común, alguien como ellos, en lugar de un personaje elitesco proveniente de la comunidad universitaria de Yale.

Pero lejos de simplemente adoptar una identidad de grupo, presidentes influyentes o líderes empresariales que implementen este enfoque, necesitan trabajar para moldear la identidad del grupo para que sirva a sus fines. Así, Bush ayudó a resolver la tremenda confusión del 11/9, en una forma que promovió y ayudó a forjar un sentimiento de nueva unidad nacional. Entre otras cosas, la gente se preguntaba: ¿Cuál era el objetivo de los terroristas? ¿New York? ¿Washington? ¿El Capitalismo? ¿El Mundo Occidental? La respuesta de Bush: América está bajo ataque. Al establecer este principio, invocó a una nación unida que necesitaba de su liderazgo.

De Carisma a Consenso

Hace casi 100 años, el renombrado teórico social y político, Max Weber, introdujo el concepto de “Liderazgo Carismático”, como un antídoto contra sus lúgubres premoniciones para la Sociedad Industrial. Este concepto ha perdurado, a veces aceptado y a veces rechazado, como reacción a los eventos en el mundo. En el caos que siguió a la I Guerra Mundial, muchos eruditos continuaron viendo a los líderes fuertes, como salvadores. Pero, en las postrimerías del Fascismo, el Nazismo y la II Guerra Mundial, muchos se voltearon contra la noción que el carácter de la persona, es lo que determina la efectividad de los líderes.

A cambio, los pensadores comenzaron a favorecer “modelos de contingencia”, que se enfocaban en el contexto en el cual operan los líderes. Otros trabajos en las décadas de 1960 y 1970, por el influyente sicólogo social Fred Fiedler, de la Universidad de Washington, por ejemplo, sugerían que el secreto de un buen liderazgo radica, en descubrir la “combinación perfecta” entre los individuos y los retos de liderazgo que él o èlla confrontan. Para cada líder potencial existe un contexto óptimo; para cada reto de liderazgo, hay un candidato perfecto.

Esta idea ha sido muy rentable; una buena cantidad de best sellers y tácticas de head-hunters se han nutrido de ella para promocionarse. De hecho, estos modelos han tenido resultados encontrados y contribuido al resurgimiento parcial de modelos de liderazgo carismático en décadas recientes. En particular, el trabajo de James MacGregor Burns, sobre liderazgo transformacional en la década de los 1970, dio nueva vida a la creencia que sólo una figura con un conjunto específico y poco común de atributos, es capaz de lograr la necesaria transformación en la estructura de las organizaciones y de la sociedad. ¿Cómo, entonces, podemos salvar este frustrante toma y dame, entre los que argumentan que un líder puede superar las circunstancias y los que argumentan que las circunstancias definen el líder? Desde nuestro punto de vista, un fuerte liderazgo surge de la relación y simbiosis entre líderes y seguidores en un grupo definido… lo que exige una profunda comprensión de la Sicodinamia de Grupos.

En la década del 1970, Henri Tajfel y John C. Turner, entonces en la Universidad de Bristol, Inglaterra, desarrollaron estudios sobre la forma cómo los grupos pueden reestructurar la sicología individual. Tajfel acuñó el término “Identidad Social” para referirse a la parte de la persona que es definida por un grupo. La Identidad Social también permite a las personas, identificarse y actuar juntos como miembros de un grupo: Como católicos, por ejemplo, o americanos, o fanáticos de los Dodgers, o del Magallanes. En otras palabras, la identidad social hace posible la conducta grupal: Nos permite lograr consenso en las cosas que nos importan, coordinar nuestras acciones con otros, y luchar por lograr metas compartidas. Aunque el trabajo de Tajfel y Turner no se refiere explícitamente al tema del liderazgo, sí ayuda a clarificar que el liderazgo necesita un grupo razonablemente homogéneo que pueda liderizar. El teórico en liderazgo Bernard Bass, de la Universidad de Birmingham, ha demostrado que los líderes son más efectivos, cuando pueden inducir a sus seguidores a verse como miembros de un grupo y adoptar los intereses del grupo como suyos.

El surgimiento de la “Identidad Social”, ayuda a explicar la transformación en las estrategias de los gobernantes asociados con el nacimiento de los estados modernos en el Siglo XIX. De acuerdo al historiador Tim Planning, de la Universidad de Cambridge, antes que emergieran las identidades nacionales, los gobernantes europeos sólo podían gobernar como autócratas, usando el poder, (en lugar de un verdadero liderazgo), para controlar a la gente. Pero, una vez que la gente se identificó en naciones, los monarcas efectivos tuvieron que gobernar como patriotas, capaces de liderizar la gente que ya compartía una identidad nacional. Monarcas como Luis XVI de Francia, que no comprendieron o ignoraron este cambio, literalmente perdieron la cabeza.

Más recientemente, confirmamos la importancia de la identidad social en el liderazgo con un experimento que identificamos como el “Estudio de Prisiones BBC”, una investigación sobre la conducta social en el ambiente simulado de una prisión. Asignamos dos grupos al azar: Los “Prisioneros” y los “Guardias.” Sorprendentemente, encontramos que el liderazgo significativo y efectivo nació entre los “prisioneros”, pero no entre los “guardias”, porque sòlo los “prisioneros” desarrollaron un fuerte sentimiento de identidad social, basado en el deseo común de resistir la autoridad de “los guardias”. Los guardias carecían de la identidad de grupo, en parte, porque algunos de ellos no estaban cómodos en posiciones de autoridad y no desarrollaron un liderazgo efectivo; al final colapsaron como grupo.

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