¿Podemos aún tener esperanza?

La esperanza resucita del desánimo, de la indolencia y establece un horizonte de vida

FÉLIX PALAZZI |  EL UNIVERSAL – sábado 7 de febrero de 2015  12:00 AM – Es común escuchar que ya no hay ninguna esperanza. La desesperanza es el sentimiento que une a muchos y tiende a propagarse en forma veloz e incontenible. Cualquier atisbo de esperanza parece sucumbir ante la dureza y la crueldad de la realidad. ¿Qué podemos esperar?, ¿todavía hay espacio para la esperanza?

Sin duda alguna, para algunos no hay más nada que esperar porque, en su razonamiento, "las cosas no pueden estar peor de lo que están". Como si existiese un límite para la precariedad o para la maldad. Para otros, posiblemente muy pocos, todavía cabe la esperanza. Hay quienes piensan que las cosas están muy mal y que la situación es adversa, pero entienden que esto no es eterno. Como dice el proverbio popular: "no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista".

Cuando los filósofos, entre ellos santo Tomás de Aquino, quisieron definir qué era la esperanza, la calificaron como "apetito", "deseo" o "pasión". Se referían a la necesidad de "salir de sí", a la pasión de apostar por un ideal o una realidad posible. La esperanza es el hambre de la bondad, de la verdad, de la justicia y del amor, que se traduce en deseo de vida y creación de futuro. Para los antiguos filósofos era claro que quien tiene esperanza sabe lo que es tener "apetito", "deseo" y "pasión".

Lo contrario a la esperanza es la abulia, la apatía y la indiferencia. Por eso, la esperanza resucita del desánimo, de la indolencia y establece un horizonte de vida. Esperar algo implica plantearse decididamente unos objetivos claros en la vida en función de construir una situación distinta; permite reestructurar la realidad y motiva las fuerzas para alcanzar las metas deseadas; permite despertar la pasión por lo posible y la confianza en la transformación de todo aquello que parece imposible de lograr.

Es la esperanza la que nos motiva a restablecer las relaciones interpersonales perdidas. Ella implica "salir de sí" y aguardar algo que está por venir o por ocurrir. Pero ello pasa por reconocer lo que no poseemos pero queremos alcanzar. Tener esperanza significa vivir nuestra contingencia, esa necesidad de vivir en relación con los demás, con la historia y con la realidad. Sólo así se alcanza la libertad. Una "libertad que necesita de una convicción; una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo" (Benedicto XVI).

La libertad y el bien nunca existen como realidades plenas. Ellas siempre han de ser construidas y buscadas. Sin la esperanza la libertad desvaría en un solipsismo frustrado. Recuperar la esperanza implica un esfuerzo continuo por participar en la construcción de un horizonte común para sanar nuestra identidad. Por ello podríamos preguntarnos: ¿todavía podemos tener esperanza? Convendría recordar las palabras del apóstol Pablo: "Contra toda esperanza Abraham creyó y esperó. De este modo llegó a ser padre de muchas naciones… Su fe no flaqueó aunque reconocía que su cuerpo estaba como muerto" (Rom 4,18-19). Tener esperanza es la única virtud que nos permite realmente vivir, de lo contrario simplemente sobrevivimos.

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