¿Qué es “el poder”?

“Los carpinteros dan forma a la madera.
Los maestros armeros dan forma a las flechas.
Los hombres sabios se dan forma a sí mismos”.
Buda.

“Poder”, ¡vaya: qué palabra -sin ser una palabrota- y cuán difícil es comunicar su significado, pues existen muchas interpretaciones!

Entre sus muchas acepciones, se pueden citar “potencia de hacer algo” y “licencia que alguien da a otro para que en lugar suyo y representándole pueda ejecutar algo”. El poder puede ser absoluto, arbitrario, fáctico, moderador, integrador, separador, temporal, etc., y puede utilizarse bien o abusarse de él (ab-uso: mal-uso).

En el ámbito organizacional, “poder” se entiende como la capacidad de lograr que la organización -por medio de su gente y demás recursos: tangibles e intangibles- cumpla su misión (lo que le toca hacer) y logre su objetivo.

Para aclarar este asunto, es provechoso revisar qué es “energía”, un vocablo relacionado con “poder”. En los textos de Física se lee, que “energía es la capacidad que tiene un cuerpo para realizar un trabajo, que ésta nunca se consume, sino que se transforma y se manifiesta de tres maneras: potencial, intermedia y cinética”, y para facilitar la comprensión debida, se acostumbra explicar que la gasolina alberga la energía potencial que -al ser liberada durante su combustión comprimida dentro de los cilindros de un motor- es capaz de desplazar los pistones, haciendo girar al cigüeñal que moverá al auto, transformándose así en energía cinética junto al calor -que es una forma intermedia de energía (porque no es potencial ni cinética)- generado como resultado de la combustión del combustible y de la fricción de las partes metálicas de la máquina.

El entendimiento de lo anterior, lleva a deducir que “energía” es “poder” y viceversa; pero en el mundo organizacional, “poder” es mucho más que “energía” y no debe ser confundido con “mando” (la facultad para dominar por imposición y opresión, como la omnipotencia autocrática del amo sobre los esclavos), porque en las organizaciones modernas -donde hallan vida los equipos de alto desempeño- conviene que el poder derive de “autoridad” y no de mando.

Entonces, ¿qué es autoridad? Un “atributo”, eso que una/s persona/s le confiere/n a otra en virtud de su competencia (nociones, habilidades y destrezas); de aquí que se diga: “fulano es una autoridad en tal tema”; es decir: nadie ha de auto-atribuirse autoridad; hacerlo así, es un acto propio de quien se gloría en vano.

Al admitir lo precedente, resulta fácil compartir que es imprescindible saber acerca del poder y lo implicado en él; pero el espacio de esta columna es insuficiente como para explayarse en ello y, a pesar de eso, se ofrecen unos elementos que han de ser dominados y aplicados por todo líder organizacional moderno que se precie: 1- Enfocar, un líder ha de centrarse respecto de lo que busca: “¡Es fácil decidir qué harás, lo difícil es decidir qué es lo que no vas a hacer!” (Michael Dell); 2- Hacer, ejecutar: “No desperdicies el tiempo y mucho menos luchando contra los adversarios” (Tom Peters); 3- Llevar la agenda (el timón): “Pedir permiso es pedir que te digan que no” (Bob Knowling); 4- Ser justo: reconoce y reclama, pero: “Alaba en público y critica en privado, sin menospreciar” (adagio de la sabiduría popular); 5- Observar y anotar, particularmente las cosas pequeñas (más que las grandes) que pasan todos los días y que tienen algo –o, mucho- que aportar; 6- Hacer un prototipo y percatarse de sus errores y fallas, apreciándolas bien y corrigiéndolas rápidamente, pues mientras más correcciones… más avance: esto es algo muy importante, porque se necesita tener un historial que avale; 7- Mejorar cada día las habilidades, crecer y desarrollarse; y 8- Hacer de cada día una obra maestra (John Wooden, “el tío del basketbol”).

Ahora bien, el poder no sólo es ejercido por los líderes o jefes, puesto que en los conjuntos humanos coexisten diferentes tipos de personas que también ejercen ese poder que nace de la interacción con los demás, que puede ser de la más amplia gama imaginable y en cuyos extremos opuestos se ubican el poder enriquecedor y el destructivo. En las organizaciones puede haber de todo: tiranos, arrogantes y desafiadores, víctimas e hipersensibles, obedientes y responsables guardianes del deber, oportunistas y aprovechadores, hambrientos de poder, justicieros o busca culpables, calumniadores y chismosos, saboteadores, resistentes e indiferentes o independientes, entre muchas tipologías y que tales personajes pueden ocupar distintos sitiales: unos, como jefes o líderes; y otros, como seguidores y/o compañeros. Por ende, se hace necesario saber qué hacer cuando se trabaja para uno de ellos o, si por el contrario, alguno de esos personajes trabaja para nosotros o con nosotros, puesto que lo que se debe hacer ante cada contingencia es distinto: a algunos, habrá que cultivar y desarrollar, mientras que a otros habrá que reconducir y/o evitar.

Entonces, si bien siempre hay que ejercitar un poder comunicativo, también es cierto que cuando se trata de superiores o subordinados que proceden en correspondencia con la filosofía organizacional (principios y valores, objetivo, misión, etc.), hay que apoyarles, felicitarles y mostrarles aprecio, perdonándoles sus errores bienintencionados, pero incitándoles a corregirlos en pro de evitar futuras equivocaciones (recaer en un mismo error: algo imperdonable en las organizaciones formales), actuando como su aliado, afrontando los temas que interpongan y los conflictos que puedan surgir; pero evadiendo que de ellos se originen problemas. Ahora bien, si la contingencia es otra (cuando se ha de tratar con sujetos “difíciles”, por usar una expresión decente), se debe actuar pacientemente de otro modo: reconduciéndoles (cambiando o regulando el comportamiento; es decir: hablar claro, señalando los límites), dándoles una segunda oportunidad, pero no otra más, partiendo de ratificar que los sentimientos y las ideas influyen y determinan la conducta del humano.

Comprendámoslo: poder es la potencia que se tiene para hacer algo, que se transforma y que tiene diferentes maneras de manifestarse. Por esto, conviene saber de poder y lo implícito en él.

Finalmente, respecto de la mejor manera de ejercer el poder, téngase presente siempre en mente lo expresado por Buda e interpuesto en el introito de este texto: “Los hombres sabios se dan forma a sí mismos”, pues saben que hay que llegar a poseer la mejor conformación o sustancia de donde pueda emerger el poder potencial individual y tal sustancia parte de “ser” (lo cual pide: dedicación, estudio, inteligencia, prudencia, mejora continua, relación, etc.), puesto que nunca deviene de “suponer ser” y mucho menos de “pretender ser”.

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